17 de agosto de 2017

FUEGO PURIFICADOR 55


Me levanté para traer el postre, pero también para tomar un poco de distancia de la conversación. Me resultaba difícil entenderle. Había dos Lucas; el policía eficiente, soberbio y altanero; y el chico que yo había amado, que todavía amaba. ¿Cuál era el verdadero? No quería descubrirlo a base de sufrimiento. Pero me resultaba muy complicado mantener mi vista apartada de él cada vez que se movía por la habitación donde estuviésemos en ese momento, o no estremecerme cuando por accidente mi mano rozaba la suya. Era una convivencia tan cercana la nuestra que resultaba inevitable que los recuerdos y los sentimientos aflorasen de nuevo. Debía ser lo suficientemente fuerte para mantenerlos a raya.
—No me has contestado, Marta. Antes no evitabas mis preguntas-me acusó cuando dejé en la mesa la tarta de queso.
—No sé qué contestarte. Quizá si pudiese dar marcha atrás en el tiempo cambiaría muchas cosas que hice mal en el pasado. Pero es imposible. Tendré que vivir con ellas.
Le serví un pedazo de tarta; y cuando la estaba poniendo en su plato cubrió mi mano con la suya y me obligó a dejar la paleta a un lado. Su roce me quemaba la piel, hacía que me recorriese una corriente eléctrica desde la base de la columna hasta la nuca.
—Tenemos pendiente algo importante que terminar. Pero luego intentaremos recomponer nuestra situación. ¿Estás de acuerdo?
Me limité a decir que si con la cabeza; pero no sirvió para que soltase mi mano, sino que por el contrario acercó su silla a la mía y me acarició la cara como solía hacerlo antes, palpando todo mi rostro como un ciego que necesitase del tacto para adivinar los contornos.
—¿Qué tienes pensado hacer mañana cuando vayas a mi casa? -le pregunté, para que las aguas volvieran a su cauce.
Se desinfló como un globo apenas le hablé de mañana.
—Sabes cómo rebajar la tensión-me acusó. A veces pienso que en cuanto estés a salvo me pegarás una patada y me echarás de nuevo de tu vida.
—Tendrás que arriesgarte-le reté-. Quizá los años te hayan vuelto cobarde.
—Desde luego que no. Ya tendrás ocasión de comprobarlo. En cuanto a tu pregunta, mañana te dejaré en casa de mi hermana y en cuanto llegue a la tuya cogeré el cepillo de dientes de Jaime o algo de donde pueda sacar su ADN sin problemas y luego bajaré al sótano.
—¿Para qué? ¿Qué piensas encontrar allí?
—No lo sé. Pero cuando estuvimos los dos echando un vistazo creo que se me escapó algo. Tengo esa sensación y no puedo apartarla de mi cabeza. No estaré tranquilo hasta que no le dé un nuevo repaso. De todos modos, no creo que tarde demasiado. A la hora de comer, si todo va bien, estaré de vuelta.
—Yo me voy a la cama y tú deberías hacer lo mismo. Mañana tendremos que madrugar.
—Mi cama es más cómoda-me insinuó desde el pasillo.
—Ya. Veo que te preocupas mucho por mí. Pero creo que Sergei y yo preferimos la habitación de invitados, al menos de momento.
—A veces pienso que ese gato me odia-me dijo, mirándole fijamente.
—No lo creo. Más bien pienso que te vigila; te estudia para ver si eres buena compañía para mí. Ten en cuenta que con los gatos nunca se sabe quién es el amo. En este caso, creo que sabe que soy su esclava, por más que él finja que yo controlo la situación.
Estoy segura de que Esther lo arregló todo para que su marido y el niño no estuviesen en casa cuando yo llegase, y era porque quería hablar conmigo. Nos tomamos un café en su cocina, pequeña y agradable, con vistas al río cercano. Aunque aquella era una mañana fría del mes de noviembre, allí, al lado de la estufa de leña, se respiraba paz y calor de hogar.
—Qué bien que nos hayan dejado solas este ratito, ¿no te parece? -me preguntó de manera que quiso ser inocente
—Sí, es una maravilla-le dije con sorna-. Así podrás interrogarme a tu gusto. Pareció avergonzada y tuvo el gesto de abrir las manos, impotente, como dando a entender que no le quedaba más remedio.
—Has de entenderlo, Marta. Estoy inquieta.
—¿Por qué?
—Temo por Lucas, no quiero que sufra de nuevo. Cuando le dejaste lo pasó muy mal, y es más sensible de lo que aparenta. Y tú lo sabes.
Me sentí un poco molesta de que Esther se metiese en mi vida, pero quizá más todavía de que juzgase sin saber. Ella sólo conocía la historia tal y cómo su hermano se la había contado. Quizá adivinó mis pensamientos.
—Ya sé que te engañó. Y no le disculpo; es más, me solidarizo contigo. Creo que yo hubiese actuado como tú lo hiciste. Pero, entiéndeme, Marta, es mi hermano. Es la única familia que me queda desde que nuestros padres se murieron. No quiero que sufra.
Me entretuve rebuscando en mi bolso un pañuelo, no porque me hiciese falta, sino para hacer tiempo hasta que tuviese claro cómo enfrentar esta conversación inesperada. ¿Cuánto sabía ella de mis motivos para estar al lado de Lucas?
—Verás-comencé, titubeando-no sé lo que Lucas te ha contado, pero si le he buscado es porque no me quedó más remedio. Mi vida estaba en peligro, y le necesitaba como policía. No sabía a quién acudir. Pero nunca pretendí entrar de nuevo en su vida.
—Sobre los motivos no te preguntaré. Lucas me ha dicho que no me meta y le haré caso. Pero si te digo que una vez que os habéis visto de nuevo, supongo que tendrás claro que no será fácil que os desentendáis el uno del otro tan fácilmente. Lucas te sigue queriendo, y por lo que he visto estos días, a ti no te resulta indiferente. Y creo que sigues casada. ¿Sabes en lo que estás entrando? -me acusó.
Me alisé el flequillo para calmar mi enfado. No podía entender como Esther, a quien todavía consideraba una chiquilla, podía estar sermoneándome y dándome lecciones de ética.
—Mi matrimonio no va bien y no creo que sea asunto tuyo.
—No, pero la felicidad de mi hermano si lo es.
—¿Me estás diciendo que le deje en paz, que me vaya? -le pregunté en tono cortante.
Ella me hizo un gesto para que me calmase, y negó con la cabeza.
—Te estoy rogando que no le hagas daño y que si te quedas a su lado sea porque le quieres. Lucas no soportaría que le dejases de nuevo.
Me levanté y me serví un vaso de agua. Notaba la boca tan seca como si la tuviese llena de esponja.
—Yo no sé cuáles son los sentimientos de Lucas hacia mí. Hasta hace un par de días se dedicaba a ignorarme o a molestarme, según amaneciese ese día.
—Cuando hace eso es porque está intentando dominar sus sentimientos y porque está muerto de miedo. Deberías saberlo. Contéstame sólo a una pregunta y luego te prometo que haremos como si esta conversación nunca hubiese existido. ¿Tú le quieres todavía? La miré fijamente, y asintí en silencio. Mis ojos nunca han podido ocultar lo que siento.



16 de agosto de 2017

FUEGO PURIFICADOR 54


Esa idea no me gustaba en absoluto. Quería que Lucas me ayudase, pero no a costa de arriesgar su vida. Y cada día estaba más convencida de que Jaime era muy peligroso. ¿Podría yo convencerle de que desistiese de su idea? Lo dudaba. Lucas siempre había sido muy terco y una vez que tomaba una decisión era complicado hacerle desistir de ella. Sergei vino a sacarme de mi ensimismamiento y mis preocupaciones. Se sentó sobre las patas traseras y empezó a maullar para llamar mi atención, mirándome con ojos llenos de reproche.
—Tienes razón, precioso-le dije, tomándole en brazos-. Tienes un ama muy descuidada. Ahora te daré de comer. Encima de que has estado solito toda la tarde, ahora te hago pasar hambre.
—Mimas demasiado a ese gato-me reprochó Lucas, mirando al pobre minino con cierta inquina.
—No le mimo demasiado, le doy cariño. Para eso le he traído. Todos los seres humanos tenemos un excedente de amor y hay que dárselo a alguien.
—Pues me parece bastante patético que se lo tengas que dar a un gato. ¿No hay ningún ser humano que lo merezca?
No le contesté. Le conocía muy bien y sabía que estaba intentando provocarme a costa de Sergei. Le puse su comida en un cuenco y empecé a preparar la cena para nosotros. Lucas se fue al salón y estuvo trabajando en su ordenador. No le pregunté lo que hacía; nunca había sido la típica entrometida que necesita a cada momento saber todo lo que pasa a su alrededor. No lo había hecho cuando estábamos juntos, y ahora con mayor motivo me mantenía a cierta distancia. Cuando puse la mesa para cenar Lucas me pidió que llamase a Jaime para intentar averiguar si estaba en casa o qué planes tenía. Me resistí, porque solo pensar en oír su voz a través del teléfono hacía que me alterase; pero sabía que era necesario hacerlo porque al final todo redundaría en la seguridad de Lucas. Marqué su número y después de cinco tonos, cuando pensé que ya no contestaría, oí su voz. Me removió por dentro, pero intenté darle a mis palabras un tono ligero, de normalidad. Le saludé como solía y le conté una patraña sobre la salud de mi tía, diciéndole que todavía tendría que permanecer con ella al menos una semana. Como al descuido le pregunté qué tal estaba todo por casa y sentí un inmenso alivio cuando me dijo que hoy mismo se había marchado de nuevo de viaje, que estaría al menos diez días recorriendo la zona centro y norte de Portugal. Lucas se puso contento cuando se lo dije.
—Si es así-me dijo sirviéndome la sopa-mañana iré a tu casa y sacaré lo necesario para el laboratorio.
—Yo te acompañaré.
—Prefiero que no. Déjame ir solo, será mejor.
—¿Por qué? Si no está Jaime no hay ningún peligro.
Se negó, aduciendo que solo trabajaría mejor.
—Puedes ir a visitar a mi hermana. Mañana es domingo y estará todo el día en casa. Se alegrará de verte.
—¿Estás seguro? No quiero molestarles en el único día que tienen para estar en familia.
—No seas tan comedida. ¿Has olvidado todo el tiempo que pasaba Esther con nosotros? Si casi vivía en tu casa.
—Sí, pero eran otros tiempos-refuté.
—Es verdad. Eran otros tiempos. ¿No los añoras? En ocasiones, por mucho que me cueste confesarlo, daría la mitad de mi vida porque volviesen. Seguí cenando. Me parecía mejor fingir que no le había oído. Pero él me lo preguntó de nuevo.
—El pasado no vuelve, nunca. Por eso es pasado.
—Pero se puede retomar-insistió.
Me levanté para traer el postre, pero también para tomar un poco de distancia de la conversación. Me resultaba difícil entenderle. Había dos Lucas; el policía eficiente, soberbio y altanero; y el chico que yo había amado, que todavía amaba. ¿Cuál era el verdadero? No quería descubrirlo a base de sufrimiento. Pero me resultaba muy complicado mantener mi vista apartada de él cada vez que se movía por la habitación donde estuviésemos en ese momento, o no estremecerme cuando por accidente mi mano rozaba la suya. Era una convivencia tan cercana la nuestra que resultaba inevitable que los recuerdos y los sentimientos aflorasen de nuevo. Debía ser lo suficientemente fuerte para mantenerlos a raya.


15 de agosto de 2017

FUEGO PURIFICADOR 53


No le podía contestar nada, mi voz me traicionaría. Mentalmente rogué para que se separase de mí. No me tocaba; pero estaba tan cerca que le oía respirar. Me estremecí cuando con su dedo índice recorrió mis hombros, delineando cada hueso, para pasar luego a mi espalda. Se me erizó la piel con ese simple contacto y ya no sabía si deseaba que se detuviese. Pero no tuve que decidir; el azar lo hizo por mí. El sonido insistente de su móvil nos sorprendió a los dos y vino a romper, no sé si para mi completo alivio, la magia y la electricidad que se habían creado. Se separó de mi lado para contestar la llamada y yo fui capaz de darme la vuelta y mirarle de frente. De nuevo volvía a ser el Lucas distante y profesional que cumplía con su trabajo. Apenas habló; se limitó a escuchar lo que le decían del otro lado de la línea y asentir de vez en cuando. Cuando colgó su cara expresaba preocupación, pero también tenía ese gesto de triunfo que le salía de manera innata cuando estaba cerca de encontrar la solución a algo.
—¿Qué ocurre? ¿Es algo relacionado con lo nuestro?
—Ya están los resultados de la autopsia. Me llamaba mi compañero de la Europol.
—¿Y hay algo preocupante?
—Sabemos que la han violado, antes de matarla. Y ella se defendió. Lo normal si tenemos en cuenta que era una chica joven que practicaba deporte. Debe de haberle costado bastante a su asesino reducirla. En las uñas han encontrado restos de piel y sangre, de quien la atacó.
—Eso quiere decir-empecé…
—Eso quiere decir -me interrumpió-que han podido sacar muestras de ADN. Y podemos compararlo con alguna muestra de Jaime.
—No tenemos nada-objeté.
Lucas se sentó en el sofá y me llamó con un gesto a su lado.
—No, pero podemos conseguirlo. Legalmente no nos valdrá de nada, porque cualquier estudiante de segundo de Derecho objetaría que las muestras no han sido obtenidas de manera legal y no se pueden aportar como prueba. Pero nos servirá para saber si él la ha asesinado.
Me parecía una buena idea, pero me preocupaba la manera de obtener lo que Lucas necesitaba. Creo que él pensaba lo mismo que yo.
—Necesito entrar en la casa y coger algo suyo: un cepillo de dientes, la colilla de uno de sus cigarros, si es que fuma. Tú tienes la llave, ¿no?
—Sí, pero me da miedo que entres. ¿No sería mejor que fuese yo?
—Tú estás en Barcelona, cuidando a tu tía. Y ni muerto permitiría que te pusieses a su alcance. Déjame que piense algo.
—¿No puedes enviar a alguno de tus hombres?
—Claro que no. Estoy en esto de manera extraoficial. Una cosa es pedirle a un amigo que sacrifique unas horas de sueño para hacer una vigilancia, y otra muy distinta obligarle a que entre en una casa sin orden judicial. El trabajo sucio me toca a mí.