6 de diciembre de 2017

DE NUEVO POESÍA




Ha vuelto la poesía
a mi vida;
despacio y en silencio,
y yo le dispensado
una suave bienvenida.

No sé si se quedará
o mi casa será
tan solo un nuevo
punto de partida.

Pero incluso si se
marcha de nuevo
aquí la esperaré
vestida de blanco
para darle otra vez,
cuando quiera,
lo que me pida.

Ha llegado sin
armar un gran escándalo,
refugiada en tus ojos,
acariciándome con tus manos,
haciendo que sean alegres
hasta las despedidas.

No tiene los labios
manchados de sangre,
no hay tristeza en
sus letras, tan solo
una muy leve alegría,
esa que se filtra
despacio entre los
huesos y hace que pase,
tenue como un soplo
envolviendo en un tierno
abrazo cada día


VIVIR PELIGROSAMENTE




Seguramente ustedes piensan que los edredones nórdicos se llaman así porque están hechos con el plumón del eider y porque son un invento nórdico para sobrevivir a las bajísimas temperaturas con que han sido, a saber por qué, castigados por el Altísimo. Pues no, siento decepcionarles. Se llaman nórdicos porque cambiar sus fundas, cuando es menester, es trabajo de vikingos. Si, créanme, solo guerreros tan valientes, poderosos y arrojados como ellos son capaces de hacerlo y no morir en el intento. Frente a eso, salir en drakar de saqueo y pillaje y manejar espadas y hachas es pecata minuta y trabajo de nenazas; se lo juro por lo más sagrado.
Algo debo yo tener de vikinga, porque esta mañana he cambiado dos fundas nórdicas y…aquí estoy para contarlo. Aunque a duras penas, no vayan ustedes a creer.
Para añadir drama y complicación al asunto el perro, en lugar de ayudarme, andaba por medio metiendo bulla, ladrando y alborotando. Aunque el pobrecito mío no tiene culpa, hay que ser justos. Seguramente pensó, con buen tino, que su madre humana estaba a punto de perecer sepultada entre plumones y telas, y al pobre le entró el pánico de quedarse de nuevo en la calle.
Lo cierto es que la próxima vez tomaré precauciones, porque, aunque ya paso del medio siglo todavía me considero joven para morir. Cuando decida vivir peligrosamente, antes dejaré aviso a los GEOS, la Legión y la Guardia Civil, por si las moscas, y sobre todo por si tienen que venir a rescatarme.
Y cambiaré mi testamento, que ahora que me acuerdo, hay cosas del último que otorgué que no me convencen demasiado. Otra cosa que he anotado para que no se me olvide es que me oigan en confesión, por si a pesar de todo perezco en el intento. Quiero que la muerte me encuentre limpita de pecado. Y me vestiré adecuadamente; nada de ir en pijama y bata zarrapastrosa, como hoy. No, tengan por seguro que pienso ponerme mis mejores galas; tacones y morros pintados. Y bolso, que no se me olvide el bolso, que es muy socorrido llevar lo imprescindible que yo guardo en el bolso para presentar mis respetos a San Pedro; a saber: varios pilots azules del número siete, perfume, cuadernos para escribir, lápices de labios de variados colores, pañuelos de papel, el móvil, las tarjetas de crédito (nunca se sabe si en el Más Allá habrá rebajas en ese momento), tijeras, el destornillador que llevo desde hace años, y ya no me acuerdo para qué, el pasaporte, por si el Cielo queda fuera de la Unión Europea, que nunca se sabe; y creo que no me olvido nada…Si fuese así supongo que me dejarán volver, aunque sea en modo holograma, como Puigdemont.
Y ahora, para curarme del trauma que me ha causado semejante trabajina, me voy a comer a casa de mi Mamá. Necesito que me mimen y me hagan sopitas.

19 de noviembre de 2017

FUGO PURIFICADOR 72


Se quedó pensativo un rato para después anunciar que el bebé era igual que la sorpresa que venía dentro de los huevos de chocolate. Me hizo gracia la simplicidad de su razonamiento; pero en cierta forma tenía razón. La llegada de un niño siempre implica un cierto grado de sorpresa, de sentimiento de alegría, de regalo esperado. Para que no se aburriese le propuse que cantásemos alguna canción o que contásemos cuentos. Y así pasamos la primera media hora en total calma, con el niño apoyado contra mi pecho y dormitando a ratos. Hacía mucho frío, pero la manta nos ayudaba a no perder el calor. Yo también me iba adormilando, con la barbilla apoyada en la cabeza de Martín, cuando abrí los ojos, asustada, al sentir como alguien abría de golpe la puerta del coche. Al principio pensé que sería Lucas, ya de vuelta, pero me extrañaba que fuese tan brusco.
Me sentí morir cuando apareció delante de mí la cara de Jaime totalmente desencajada y con los ojos inyectados en sangre. No me dio tiempo ni siquiera a gritar porque tiró de mí con violencia y me arrastró hasta fuera del coche, con Martín llorando y gritando, agarrado a mi abrigo.
—¿Quién es este crío inmundo tan parecido a tu amante?
—Jaime, por favor, llévame a donde quieras, pero deja en paz al niño. Es una criatura, un pobre niño inocente que no te ha hecho ningún mal.
Pero ni siquiera me contestó, sino que se colocó al pequeño debajo del brazo como si fuese un fardo inerte y con la otra mano me agarró violentamente del pelo, arrastrándome hasta su coche. No me quedó más remedio que caminar. Sentía que la cabeza estaba a punto de estallarme de dolor y le seguí como pude. Soltó a Martín un momento para abrir el coche, con la recomendación de que no escapase si no quería llevar la mayor paliza de su vida. El pobre niño había dejado de llorar, aunque en sus mejillas quedaban restos de lágrimas secas, que él se esforzaba en limpiar. Se asió a mi abrigo con temor y con la mirada intenté tranquilizarle. En el momento en que Jaime se giró para abrir la puerta del coche Sergei, al que no prestaba atención, se izó ligeramente sobre sus patas traseras y de un fuerte salto se colocó sobre el pecho de Jaime, asiéndose a su abrigo con las zarpas amenazantes, como si en lugar de un inofensivo gatito persa fuese un tigre de Bengala. Mi marido se quedó tan sorprendido del ataque que no atinó, al principio, a defenderse; y esto le dio a Sergei un tiempo precioso para arañarle justo en la cara. Sus ojos quedaron completamente cegados por la sangre, pero ni aun así me soltó. Sin embargo, aunque yo tuviese que quedarme con él, esta era la oportunidad del pequeño.
—Corre, Martín, corre con Sergei. Escóndete. Vamos-le apremié, al ver que se quedaba parado.
Pero tras un segundo de duda los dos echaron a correr; el niño con toda la velocidad que le permitían sus pequeñas piernas. Di un suspiro de alivio cuando Jaime me agarró y de un tremendo empellón me metió en el coche, arrancando el motor sin contemplaciones. Al menos el niño estaba a salvo. Mi vida y la de mi hijo, las consideraba perdidas.