30 de enero de 2018

FRAGMENTO


Después de haber comprado todo lo necesario para la cena, llegaron a la casa de Diego, que olía agradablemente a cera de muebles y a pino, señal de que Fermina había pasado por allí con su varita mágica y había puesto orden en el desaguisado con que el inspector solía obsequiarla dos veces por semana. Aunque como cocinero era un prodigio, su sentido del orden y de la limpieza, a excepción de la cocina, dejaba bastante que desear.
Nada más llegar se sirvió una copa de vino y Luismi sacó una cerveza fría de la nevera.
—Lávate las manos y luego empieza a cortar las berenjenas en rodajas y las colocas en este plato, sobre el papel absorbente-ordenó, tendiéndole un plato grande de loza blanca con el reborde azul marino.
Luismi le miró con algo parecido a la inquina, pero obedeció.
Diego sacó la carne picada y la volcó en un bol, mientras sobre una tabla de madera empezaba a picar muy fina una cebolla y varios pimientos verdes, así como un par de zanahorias de buen tamaño.
—¿No vas a preguntarme para qué es el papel absorbente? Así en la vida aprenderás nada, con esa falta de curiosidad.
El muchacho puso los ojos en blanco, y con paciencia contestó que no preguntaba porque ya sabía que, de todos modos, se lo explicaría.
—Economía de recursos-se justificó.
—Es para que suelten el amargor-le explicó, como si estuviese enseñando a un niño a atarse correctamente los cordones de los zapatos-. Las berenjenas suelen ser amargas. Cuando hayas acabado pela dos patatas, las cortas en rodajas no muy gruesas y las fríes un poco, no demasiado.
—¿Para qué?
—Porque la musaka de verdad lleva debajo una capa de patatas, luego colocaremos todo lo demás.
Mientras tanto él puso a hervir un cazo con agua y luego escaldó ligeramente dos tomates; lo suficiente para que se desprendiesen fácilmente de la piel. Sacó una cacerola de una puerta al lado del horno y, vertiendo un chorro de aceite, la puso a calentar.
—Ahora haremos el sofrito para la base de la salsa de carne-iba explicando, y Luismi, disimulando su impaciencia, fingía estar atento, aunque en realidad estaba pensando en sus cosas-. Lo mejor sería que la carne fuese de cordero; pero a mi no me gusta, así que la haremos con ternera.
Fue pochando a fuego bajo las verduras, y luego añadió medio vaso de vino, del mismo que estaba tomando, y un poco de caldo que guardaba en la nevera. Esparció tomillo fresco y pimienta por encima, y mientras removía con la cuchara de madera le ordenó al joven que le alcanzase la carne, que echó también a la cacerola. Bajó algo el fuego y colocó la tapadera, mientras que por la cocina se esparcía un olor agradable que estimulaba todavía más los jugos gástricos del muchacho.
Solo entonces Diego dio otro tiento a la copa de vino y sacó unas aceitunas negras, de las que fueron dando buena cuenta mientras se hacía la bechamel. Solo cuando la musaka se hubo montado, con capas de berenjenas y carne, la rica bechamel por encima, además del queso feta rallado, Diego se permitió sentarse, y se sirvió otra copa.
—Tenemos veinte minutos largos antes de que esto se haga, así que dime, ¿qué te ha parecido la doliente viuda?
Luismi se levantó para traer otra cerveza de la nevera, e hizo una mueca.
—Me ha parecido cualquier cosa menos doliente.

17 de enero de 2018

LA MUERTE




Cuando llegue la muerte
Que me encuentre arreglada,
Vestida de otoño y
Con las cejas bien delineadas;
La boca de rojo amapola
Y en los ojos el brillo
De la esperanza.
.
Porque yo dirijo mi
Vida y quiero
Ordenar cómo acabarla.

Por eso deseo, cuando
Llegue, plantarle cara,
La cabeza erguida,
Ligero mi corazón y
Que me lleve calzada
Con altos tacones
Y de fiesta maquillada.

Que sea un momento
Alegre, nada en mi
Entierro de lágrimas
Alma libre de cargas.

4 de enero de 2018

LOS LUNES




Desde hacía dos años se encontraban en aquella terraza, al final de una calle estrecha con edificios antiguos a ambos lados, cada lunes a las nueve de la noche, fuese invierno o verano. No habían faltado ni un solo día.
Ella siempre llegaba vestida de oscuro; bien como una monja, con faldas largas y camisas holgadas, o como un soldado; con pantalones militares y un chaquetón oscuro si era invierno. Ni siquiera esos ropajes o su pelo cortado casi al cero le restaban un ápice de femineidad, más bien al contrario. Se desprendía de ella una sensualidad tan intrínsecamente unida a su piel y a sus miembros delgados y elegantes, que era imposible esconderla, aunque era evidente que así lo pretendía.
Él se sentaba poniendo cuidado en colocar la muleta en un lugar en donde no estorbase a nadie. Conservaba su anquilosada pierna izquierda, aunque no le sirviese de mucho. Era alto y desmadejado; y su único ojo, de un color azul tan oscuro que a veces, a la luz de las farolas de la calle parecía negro. La otra cuenca vacía iba siempre tapada; aunque variaba el color del parche; pudiendo ser negro, azul aciano o gris.
Nunca se habían preguntado mucho más allá de sus nombres: Marcel, Milena. Ella sospechaba que él pintaba. A menudo había visto sus largos dedos manchados, además de nicotina, de pintura. Y olía levemente a disolvente y a productos químicos. Hasta en el pelo, de un color tan rojo que parecía iluminar, como un faro, la noche, llevaba a veces pintura. También en la barba.
Tomaban siempre lo mismo, vodka con tónica. Y se intercambiaban un poema, sin leerlo antes. Ella lo dejaba caer con cuidado al fondo de su bolso, negro y desflecado; y él lo guardaba en el bolsillo de su chaquetón de marino.
Ella nunca le había contado que el lunes era el único día que no trabajaba como bailarina de streptease en un club de carretera. Y él tampoco le había dicho que, aún a pesar de que le atraía como si su piel estuviese imantada, nunca le pediría tener mayor intimidad porque, desde el atentado, temía mostrar a las mujeres su cuerpo lleno de cicatrices. Solo daba salida a sus necesidades con la visita ocasional a algún club de alterne. Sí pagaba no tenía por qué explicar.
No podían adivinar que podía ser que se encontrasen otro día, que no fuese lunes, y en otras circunstancias, alejados de aquella terraza que durante breves momentos, ante una copa y un poema, era su hogar.