17 de septiembre de 2017

HOMBRES QUE ESCRIBEN POEMAS

Guárdate de hombres
que escriban poemas,
porque hacen daño,
causan penas.

Te envuelven en
palabras hermosas,
hacen magia de
versos, con una frase
te hacen sentir cosas.

Y cuando el poema
se acaba, cuando
el verso se agota
y la tinta no corre
ya por las venas,
al final solo queda
la sangre, oscura y roja,
no importa qué sea
de poeta,
sangre como la tuya
y la mía, sangre espesa
que se mezcla con silencio
y por horas se convierte
en negro veneno.

14 de septiembre de 2017

PAÑO NEGRO


Quizá el tiempo del
silencio ha llegado,
y tienen que secarse
los ríos, derribarse
muros antiguos
y resbalar roja
sangre por mis manos.

Quizá corren vientos
de guerra, y los tambores,
a lo lejos, anuncian
la presencia de extraños.

Puede que alguien
entre en mi casa
una noche, y en
silencio se lleve
mi alma sin que yo
le haga un reproche.

Quizá han llegado
momentos de negros
presagios que
cumplen nada
más salir de
mis labios.

Puede que en mi
corazón sea invierno
aunque el calendario
se vista de verano,
y que nunca más pueda
lucir blancos vestidos
porque a mi viejo
corazón, solo y cansado,
le han prohibido alegrarse
y siempre es preferible,
en ese caso, túnica
de negro paño.

7 de septiembre de 2017

FUEGO PURIFICADOR 62


En una de mis conversaciones con Alvar, en el sótano, me convenció para que le hablase de Marta. A pesar de que no me gustaba hablar a nadie de los sentimientos que me unían a ella decidí que Alvar tenía derecho a saberlo. Al fin y al cabo, él también me había confiado una buena parte de la historia de su vida. Y por primera vez le hablé de cómo amé a Marta desde el momento en que la conocí, cuando yo tenía diez años y ella era una niña de apenas tres. Me gustaba cuando su madre me la confiaba mientras ella y la mía jugaban a las cartas o veían una novela en la televisión. Yo le enseñé a atarse los zapatos, a hablar bien y a contar. Y ella me quería mucho; no daba un paso sin que yo estuviese a su lado. Para mí nunca hubo nadie más; sólo Marta, Marta a todas horas; en mi mente, en mi alma, en cada poro de mi piel. Por eso padecí tanto cuando llegó a la adolescencia y conoció al desgraciado de Lucas de la Vega. Aunque me seguía buscando para que la ayudase con sus deberes o la acompañase a algún sitio, ya nada era igual, porque se pasaba el tiempo hablando del maldito Lucas. A mí me corroían los celos, sus palabras de amor hacía él me mordían las entrañas como si un buitre me las estuviese royendo. Cuando me enteré de que habían roto se hizo la luz en mi vida, aunque me disgustase tanto saber que estaba embarazada. Pensé que esa criatura maldita nunca debería llegar a nacer; porque si lo hacía me vería obligado a matarle. Un engendro de Lucas de la Vega nunca vería la luz mientras a mí me quedase un hálito de vida. Por eso cuando transforme a Marta, cuando la mate para que siempre podamos estar juntos, quiero que él lo presencie. Deseo con toda el alma que Lucas de la Vega vea, con los ojos bien abiertos, como le clavo el puñal en el pecho a su amante y luego con mis propias manos le arranco ese corazón que nunca supo quererme como yo me merecía. Quiero que él lo vea todo; quiero presenciar su horror, su impotencia, oír sus lamentos, sus gritos de agonía mientras su amada me pide de rodillas que le perdone la vida. No lo haré, seguiré hasta el final, para que abandone su envoltura mortal y pueda reunirse conmigo para siempre. Y luego, cuando Marta ya no exista, me ocuparé de él. Y juro por todos los demonios del Infierno que me tomaré mi tiempo. Le haré maldecir el día en que nació, y me pedirá de rodillas que acabe con su vida para poner fin a su sufrimiento. Para ello cuento con una preciosa colección de bien afilados cuchillos y de varios escalpelos de cirujano. He adquirido mucha práctica en los últimos tiempos. Creo que seré capaz de prolongar su suplicio durante cuatro o cinco días antes de que se muera. Juego con la ventaja de que es joven y fuerte. Estoy deseando que llegue la hora.