17 de enero de 2018

LA MUERTE




Cuando llegue la muerte
Que me encuentre arreglada,
Vestida de otoño y
Con las cejas bien delineadas;
La boca de rojo amapola
Y en los ojos el brillo
De la esperanza.
.
Porque yo dirijo mi
Vida y quiero
Ordenar cómo acabarla.

Por eso deseo, cuando
Llegue, plantarle cara,
La cabeza erguida,
Ligero mi corazón y
Que me lleve calzada
Con altos tacones
Y de fiesta maquillada.

Que sea un momento
Alegre, nada en mi
Entierro de lágrimas
Alma libre de cargas.

4 de enero de 2018

LOS LUNES




Desde hacía dos años se encontraban en aquella terraza, al final de una calle estrecha con edificios antiguos a ambos lados, cada lunes a las nueve de la noche, fuese invierno o verano. No habían faltado ni un solo día.
Ella siempre llegaba vestida de oscuro; bien como una monja, con faldas largas y camisas holgadas, o como un soldado; con pantalones militares y un chaquetón oscuro si era invierno. Ni siquiera esos ropajes o su pelo cortado casi al cero le restaban un ápice de femineidad, más bien al contrario. Se desprendía de ella una sensualidad tan intrínsecamente unida a su piel y a sus miembros delgados y elegantes, que era imposible esconderla, aunque era evidente que así lo pretendía.
Él se sentaba poniendo cuidado en colocar la muleta en un lugar en donde no estorbase a nadie. Conservaba su anquilosada pierna izquierda, aunque no le sirviese de mucho. Era alto y desmadejado; y su único ojo, de un color azul tan oscuro que a veces, a la luz de las farolas de la calle parecía negro. La otra cuenca vacía iba siempre tapada; aunque variaba el color del parche; pudiendo ser negro, azul aciano o gris.
Nunca se habían preguntado mucho más allá de sus nombres: Marcel, Milena. Ella sospechaba que él pintaba. A menudo había visto sus largos dedos manchados, además de nicotina, de pintura. Y olía levemente a disolvente y a productos químicos. Hasta en el pelo, de un color tan rojo que parecía iluminar, como un faro, la noche, llevaba a veces pintura. También en la barba.
Tomaban siempre lo mismo, vodka con tónica. Y se intercambiaban un poema, sin leerlo antes. Ella lo dejaba caer con cuidado al fondo de su bolso, negro y desflecado; y él lo guardaba en el bolsillo de su chaquetón de marino.
Ella nunca le había contado que el lunes era el único día que no trabajaba como bailarina de streptease en un club de carretera. Y él tampoco le había dicho que, aún a pesar de que le atraía como si su piel estuviese imantada, nunca le pediría tener mayor intimidad porque, desde el atentado, temía mostrar a las mujeres su cuerpo lleno de cicatrices. Solo daba salida a sus necesidades con la visita ocasional a algún club de alterne. Sí pagaba no tenía por qué explicar.
No podían adivinar que podía ser que se encontrasen otro día, que no fuese lunes, y en otras circunstancias, alejados de aquella terraza que durante breves momentos, ante una copa y un poema, era su hogar.

2 de enero de 2018

LOBA Y LUNA




Soy una loba herida
que aúlla a la luna y
ahora, amor,
se agarra con fuerza
a la vida.

Mis pasos ya no
suenan cansados;
la arena y la
tierra negra he
sacudido
de mis zapatos.

Vuelo con alas
de seda, me elevo
por encima de
mis miedos.

Sueño con los ojos abiertos,
me río de todo
lo que un día convirtió
en polvo mis huesos.

Me aferro a mi misma,
me abrazo con amor
infinito, lanzo besos
al viento y me siento
bien en las noches
de luna, como la loba
que soy, como una niña
perdida y hallada de
nuevo a pesar de la bruma.