17 de abril de 2018

UNA CÁRCEL SIN BARROTES 14



LA VERDAD


Les miró a todos. Los únicos expectantes eran el matrimonio Medina. Su hermana estaba sentada tranquilamente, quizá con cierta curiosidad por ver cómo resolvía el problema, pero ciertamente ella ya sabía lo que iba a decir. Y Mateo Hidalgo estaba paladeando su café, como si no hubiese nada en ese momento que le preocupase. Simplemente parecía estar disfrutando de la ficticia tertulia.
—Efectivamente, hay un manuscrito-confirmó con voz serena.
Ahora que se había decidido, estaba tranquila.
—Pero no está terminado. Cierto que falta poco, pero habrá que terminarlo.
—No te entiendo-manifestó Antonio, algo nervioso. ¿Cómo se va a terminar si el autor está muerto? Lo único que se me ocurre es que nos lo hagas llegar. Mateo y yo le echaremos un vistazo por si puede darse por terminado cortando algo, o, no sé, tú tráelo y ya veremos qué se puede hacer.
—Yo lo terminaré, Antonio. Dame un mes y lo tendrás acabado en tu mesa. Bueno...quizá deba entregárselo ya a usted, señor Hidalgo.
—Mateo, por favor.
Y no dijo nada más. Miró a Medina, como dándole a entender que eso todavía era cosa suya.
—Querida, es muy loable tu postura, teniendo en cuenta además que acabas de enterrar a tu marido, pero la verdad, yo no creo...quiero decir…
—No le des más vueltas. Dudas de que yo sea capaz de escribir algo más que la lista de la compra.
—Mujer, dicho así…. suena fatal. Lo cierto es que escribir no es tan sencillo como la gente piensa, más si tenemos en cuenta que el manuscrito es de otra persona y que tú nunca has escrito.
—Dime Antonio, ¿qué te han parecido todos los libros de Enrique? Supongo que bien, puesto que los has publicado.
Sonrió con suficiencia.
—Tu marido era sencillamente genial como escritor. Las ventas lo dicen todo.
—Pues déjame que te diga que en las dos cosas que has dicho antes te has equivocado de parte a parte.
—No te entiendo.
Y miró, preocupado, a los presentes. Temía que el dolor de la pérdida le hiciese estar diciendo tonterías. Y él no sabía cómo enfrentarse a eso. Tal vez Sonia…
Ella pensó lo mismo que su marido porque se acercó más a Elena y la tomó de la mano.
—Cariño, sabemos por lo que estás pasando. Mira, yo también he perdido a mi hermano hace poco y entendemos que son momentos duros. Pero has de reponerte y…
Elena la detuvo con un gesto.
—No son momentos duros. Yo no amaba a Enrique. Ni siquiera le quería ya. Nuestro matrimonio era solo una comedia que representábamos ante todos vosotros. Así que no soy la viuda doliente a la que hay que consolar para que no se corte las venas. A partir de ahora empieza mi vida.
Los Medina se miraron, pálidos como muertos, sin saber qué decir. Amelia bajó la cabeza. En el fondo se avergonzaba un poco de su hermana, de que fuese capaz de exponerse así, pero por otra parte la admiraba y la envidiaba a la vez. Solo Mateo Hidalgo estaba impertérrito, a la espera de más novedades, como si estuviese viendo una película de suspense.
—Pero, en fin, no creo que mis miserias os interesen-continuó Elena. Lo único que pretendía con esto es decir que no necesito consuelo. Estoy bien. Pero os agradezco vuestros desvelos-rectificó, no queriendo parecer ruda.
—Debe de haber algo muy importante que nos quieres decir, Elena-manifestó Mateo, haciéndose cargo de la situación.
—Lo hay. Y en realidad a ti es a quien afecta más, como dueño de la editorial.
Se levantó del sofá al lado de Sonia y se quedó de pie ante ellos. Le daba una sensación de poder, por una vez, al estar todos sentados, sentirse más alta que ellos. Y en estos momentos necesitaba sentirse fuerte.
—Enrique no ha escrito ni uno solo de esos libros que se han publicado, con mucho éxito, por cierto. Todos los he escrito yo. Él era sencillamente incapaz de enfrentarse al folio en blanco. Lo intentó, pero se ponía enfermo. Le daban temblores, sudores fríos y corría a esconderse al desván.
La sala quedó en silencio. Quizá el único que había esperado algo semejante fuese Mateo Hidalgo, que al no conocer a los protagonistas del drama no tenía prejuicios. Los Medina estaban sencillamente apabullados e incrédulos a partes iguales. ¿Cómo iban a imaginar que esta mosquita muerta, que parecía no ser capaz ni de ponerse los zapatos sin permiso de su marido hubiese escrito esos libros tan llenos de fuerza, de vida, incluso a veces de sensualidad, y dureza, a partes iguales? Incluso la propia Amelia, que ya conocía el secreto, se encontraba como acorralada y no sabía ni a donde mirar.
—No puede ser verdad-dijo, como para sí, Antonio Medina. Estás mintiendo.
—¿Por qué habría de hacerlo? -le preguntó Elena, mirándole de frente. Si mintiese, duraría bien poco el engaño. Tú has dicho antes, y te doy la razón, que uno no puede convertirse en escritor en un día. Es cierto que con la práctica se va aprendiendo; pero esto es como la elegancia, amigo mío, se tiene o no se tiene. Y yo no sé hacer casi nada; como tú muy bien sabes siempre he sido un cero a la izquierda y la gente se olvida enseguida de mi cara y de mi nombre...no soy nadie. Pero Dios o quien sea me ha premiado con un inmenso regalo: me siento ante un papel y me transformo. No creo que sea especialmente bueno lo que hago, pero a la gente le gusta, quizá porque escribo poniendo el alma y el corazón en ello. Durante muchos años ha sido mi única válvula de escape. Si no fuese porque sabía que al levantarme cada mañana me esperaba una vida distinta a la mía, con personajes que me guiaban y que me reclamaban, creo que hubiese acabado con todo.
El único tranquilo era Mateo. La miró despacio, como calibrando lo que veía.
—Yo te creo-manifestó, poniéndose de pie a su lado. Tienes exactamente un mes para terminar el manuscrito. Ni un día más. Si no cumples el plazo, se terminó. Si lo cumples y me demuestras que de verdad tú eres el cerebro y el alma de todo esto, publicaremos el nuevo libro, pero esta vez con tu nombre. Ya está bien de esconderte. ¿Estás de acuerdo?
Elena asintió, sin decir nada, desechando ya la idea del seudónimo. Le sentía a su lado, rozándola. Era mucho más alto que ella, pero no se sintió intimidada ni disminuida ante él, aunque sabía que su futuro en cierta manera dependía de ese hombre desconocido. Sin embargo, por una vez, se sentía en calma. Se despidió de todos y le prometió a Mateo que en menos de un mes le entregaría la obra acabada.






12 de abril de 2018

UNA CÁRCEL SIN BARROTES 13


DE VISITA

Terminaron de tomar el café un poco tarde; porque la tertulia las había entretenido. Eran casi las cinco y Elena se levantó, con prisas.
—He quedado a las seis en la casa de Medina, el editor. ¿Quieres acompañarme?
—Había pensado irme ya a casa; no te veo como la viuda doliente, pero si lo necesitas...iré.
—No, no lo necesito, pero me gustaría. Si quieres puedo dejarte luego en tu casa. Medina vive muy cerca de tu urbanización. Dame cinco minutos para que me cambie.
No tardó mucho más que esos cinco minutos. Apareció con un sencillo vestido azul marino con pequeños topos blancos, recto y por encima de la rodilla. Llevaba zapatos también azules y bolso a juego. Sin medias, con sus piernas bien torneadas pero delgadas como las de una niña de quince años y el pelo tan corto, con aspecto mojado, como si acabase de salir de la ducha, parecía cualquier cosa menos una viuda.
Amelia la observaba sin decir nada. Por una parte, le sorprendía su cambio; aunque a veces, entreveía ligeras señales de la hermana que había sido cuando era apenas una adolescente; seria pero divertida a la vez, callada pero con frases geniales, una persona que, ahora que lo pensaba bien, se había muerto cuando Enrique llegó a su vida. Y parece que ahora estaba resucitando.
Elena aparcó delante de la casa de Antonio Medina, un chalet espacioso con amplio jardín delantero. No hizo falta que tocase al timbre. Medina en persona acudió a recibirla y la estrechó en un apretado abrazo, palmeándole la espalda sin decir nada. Saludó también a Amelia, a quien ya había conocido en el entierro, y las hizo pasar, atravesando el jardín y el vestíbulo, a un luminoso salón que daba a una terraza con muebles de teca. Precisamente en la terraza estaba su esposa Sonia, una mujer rubia y delgada, de unos cincuenta años; todavía guapa, aunque con esa piel de muchas rubias que se ajan prematuramente al contacto con el sol. Estaba recostada en una tumbona y se levantó al llegar las visitas. Las saludó a ambas con un beso en la mejilla y se sentaron en el salón, ella en un sofá grande al lado de Elena, sosteniéndole la mano como si necesitase de su apoyo. Amelia y Antonio estaban en sillones tapizados con rayas granate y beige, enfrentados a ellas y separados por una mesa baja. No habían pasado cinco minutos cuando sonó el timbre de la puerta y Antonio se disculpó para abrir. Sonia aprovechó el momento para tocar un timbre debidamente camuflado y pedir a la chica de servicio que preparase café para cinco. Las hermanas se miraron. Habría, pues, otro invitado.
—¿Hemos venido en mal momento? -preguntó Elena.
La cita se había concertado con anterioridad, con lo cual no se sentía obligada a pedir disculpas, más bien era ella la que estaba algo molesta porque necesitaba concentración para explicarles que les habían engañado, Enrique y ella, durante años.
—No, querida, no te preocupes. Y quédate tranquila-le dijo dando golpecitos cariñosos en la mano-Antonio te lo explicará todo.
Medina entró acompañado de un hombre que rondaba los cincuenta años, como el editor, aunque no podía haber más diferencia entre los dos. Mientras el dueño de la casa era alto y descarnado, con enormes ojeras y una coronilla de pelos grises y desgreñados que le rodeaban la cabeza como una especie de aura e iba siempre desaliñado y con aspecto de recién salido de la cama, para desdoro y desgracia de su esposa, el recién llegado era también alto, pero corpulento y perfectamente arreglado, con traje y corbata. Tenía abundante pelo oscuro, que empezaba a platear en las sienes, y unos ojos marrón muy oscuros, casi negros, que se clavaron en las tres mujeres que estaban sentadas como si las estuviese radiografiando.
—Os presento a Mateo Hidalgo. A Sonia ya la conoces, y nuestras invitadas son Elena Durán, la viuda de Enrique León, y Amelia, hermana de Elena.
Se acercó y las saludó a las tres estrechándoles la mano y con una ligera inclinación de cabeza.
Elena estaba preocupada. Se preguntaba quién era y qué pintaba en esa reunión. Había sido bastante clara con Medina cuando hablaron por teléfono, diciéndole que quería tratar con él sobre el último libro. Pero el editor parecía estar al tanto de sus dudas, porque apenas Sonia hubo servido café para todos, tomó la palabra.
—Me imagino que estarás en ascuas, Elena, y que te preguntarás que significa todo esto. Pero tranquila, tiene su explicación.
Ella le miró y sonrió levemente, como animándole a que se explicase de una vez.
—La presencia de Mateo es necesaria porque él es el nuevo dueño de la editorial.
Se hizo un silencio sepulcral. De cuantas cosas hubiese podido imaginar, ninguna de ellas se aproximaba a esta noticia. Por un momento Elena sintió que el alma se le caía a los pies, pero se repuso enseguida. Pensó que quizá sería más difícil convencer a un desconocido; o no, porque este hombre llegaba sin ideas preconcebidas.
Sonia, que había estado callada, tomó la palabra. Llamaba la atención su tono de voz ronco, grave, que contrastaba con la apariencia de fragilidad que ofrecía. Pero dos cajetillas de tabaco al día pueden hacer milagros.
—Lamentamos que esto haya coincidido con la muerte de Enrique, querida, pero la verdad es que no podíamos esperar ya más. Hemos vendido la editorial y también la casa; a Mateo-aclaró. Nos mudamos en menos de un mes. Después de la muerte de mi hermano Ángel Papá se ha quedado desolado y necesita alguien que se haga cargo del negocio familiar. La editorial ha sido hasta ahora la vida de Antonio, lo sabes bien; pero él hace este sacrificio por mi...y como supongo que soy una egoísta, la verdad es que estoy deseando marcharme. Pero te dejamos en buenas manos, ¿verdad, cariño? -se dirigió a su marido.
Ella se había ocupado de la parte emocional y lo había hecho perfectamente. Ahora a él le tocaba lidiar con los temas prácticos. Medina se aclaró la voz antes de hablar.
—Mateo tiene mucha experiencia en este campo y sé que la editorial con él es posible que hasta mejore.
Se detuvo, esperando que alguien se lo rebatiese, pero todos se quedaron callados.
—Quise que estuviese presente en esta reunión porque se trata de algo especial. A los demás escritores se los iré presentando poco a poco, pero como Enrique acaba de fallecer...la cosa es distinta. He entendido cuando me llamaste que tenías un manuscrito suyo. El problema es que entendí también que está inconcluso. No sé qué podemos hacer de esta manera.
Elena guardó silencio unos minutos, esperando que el recién llegado dijese algo, pero se mantenía prudentemente callado y como a la expectativa, así que no le quedaba más remedio que hablar. Sentía la nuca sudorosa. Siempre que estaba nerviosa tenía esa sensación. Y ahora lo estaba. Ella se había preparado para contar su engaño a Medina y a su esposa, a quienes conocía desde hacía muchos años. Pero no sabía si sería capaz de contarlo todo ante un desconocido que puede que reaccionase mal, y no le culpaba. Cerró los ojos y ante ella apareció la imagen de Andrés, cuando en las sesiones de terapia le decía que ordenase las ideas en su cabeza y luego hablase, sin pensar en quien la escuchaba; simplemente que sintiese como una necesidad ser ella misma y no dejarse llevar por los demás. “Piensa que probablemente te estás juzgando mucho más duramente tú de lo que lo hará quien te escuche” solía decirle. Y puede que tuviese razón; seguro que la tenía.


8 de abril de 2018

UNA CÁRCEL SIN BARROTES 12


ALMUERZO PARA DOS


A las tres de la tarde habían terminado todo el trabajo de clasificación y estaban ya almorzando, en el jardín. El día era tan soleado que decidieron comer allí la tortilla de patata y ensalada que Elena había preparado en apenas quince minutos. Mientras trabajaba en la soledad de la cocina, pensó que era triste que en unas pocas horas se hubiese liquidado la vida de un hombre. Cincuenta años en una mañana...no podía decirse que fuese algo de lo que Enrique, desde la tumba, pudiese presumir. ¿A quién dejaba que le llorase? No habían tenido hijos, sus padres y su único hermano llevaban ya años muertos y el resto de la familia se componía de algunos tíos ya muy ancianos y primos con los que nunca había tenido mucha relación. De hecho, algunos de ellos ni siquiera vinieron al funeral. Sus compañeros de la facultad le echarían de menos, y quizá su última amante soltara unas lagrimitas, pero pronto le sustituiría. Elena le hubiese respetado mucho más si se enamorase de alguien realmente y tuviese una relación fija, pero lo único que buscaba era carne fresca, y en cuanto veía que esa carne se empezaba a ajar o simplemente él se aburría...buscaba una sustituta. Nunca había conocido a esas pobres chicas, pero se imaginaban que todas estarían cortadas por el mismo patrón: muchachas con pocas luces, que le admirasen como a un dios, y de cuerpo voluptuoso y sensuales curvas. Es decir...todo lo contrario de lo que era ella. Se preguntaba todavía porque se había empeñado tanto en casarse. ¿Había estado enamorado de ella alguna vez? Lo dudaba. No pensaba que Enrique fuese capaz de amar, al menos en el sentido que ella le daba al término. Ella nunca le había amado realmente. Se había casado con él pensando que era así, pero quizá era demasiado joven para saber qué era realmente el amor. Durante un tiempo le había admirado y temido al mismo tiempo, y después simplemente le había despreciado. No había llegado al odio. Aprendió a canalizar sus sentimientos en un camino diferente y hasta el odio era demasiado intenso para Enrique. Desprecio, simplemente, con un leve atisbo de pena en medio. Quizá ella había sido la única persona en el mundo que había conocido todas y cada una de sus debilidades. Mientras que en cualquier ser humano esas debilidades, que todos tenemos, suelen hacerle más cercano, en Enrique solían convertirse en bajezas tales que simplemente hacían que Elena se entrenase para no sentir nada cuando la tocaba; tanto si era para darle una bofetada como para usarla en la cama. Porque eso hacía Enrique con la gente, les usaba, principalmente a ella, porque estaba más a mano y la consideraba de su propiedad. Había terminado por cosificarla; era una más de sus propiedades junto con el coche, la casa o el apartamento de la playa.
Apartó de si esos pensamientos y se concentró en el presente. Le sonrió a su hermana a través de la mesa.
—Muchas gracias por ayudarme con todo eso. Así ha sido mucho más sencillo y podré pasar capítulo antes. Y gracias también por escucharme.
Amelia se sirvió una cantidad generosa de ensalada y una minúscula porción de tortilla. Si seguía en casa de su hermana acabaría como un tonel. Elena cocinaba bien y tenía cierta tendencia a embutir de comida a la gente como si fuesen morcillas que hay que rellenar.
—La verdad es que me ha sorprendido todo lo que has contado, de principio a fin, y también esa prisa tuya por pasar capítulo, como tú dices. Ni siquiera página, capítulo.
—Sí, capítulo, porque este libro, gracias a Dios, se ha terminado. Ahora empieza realmente mi vida. En este momento es cuando soy libre de decidir qué hacer con cada segundo de mi tiempo. Podré viajar si quiero hacerlo, invitar a mis amigas…
—No tienes apenas amigas-le recordó, de manera cruel, Amelia.
Ella no acusó el golpe. Lo sabía; había perdido el contacto con casi todas ellas desde su boda. Pero siempre era posible conocer gente nueva. Así que no contestó a la pulla de su hermana. Entre ellas había habido desde niñas una especial relación amor-odio y ya no era el momento de cambiar nada.
—Tengo tantas cosas que hacer, tantos planes, que es necesario que empiece lo antes posible.
Mientras recogían la mesa Amelia tuvo una sensación muy extraña. Se preguntaba de qué manera su hermana, aunque solo fuese por algo de pudor, podía mostrarse tan contenta y aliviada. Ella, en sus casi veinte años de matrimonio había tenido sus más y sus menos con Matías. Era consciente de que hacía unos seis años había tenido un asuntillo con una residente de Neumología. Se enteró por una enfermera “bien intencionada”, cuñada de una de sus mejores amigas. Vivir en una ciudad tan pequeña que casi no puede llamarse tal conlleva la servidumbre de que todo se sabe, tarde o temprano. Decir que no le hizo daño saberlo sería mentir. Pero no le dijo nada a su marido, prefirió tener la precaución de esperar, y si era, como esperaba, flor de un día, no se daría por enterada. Lo que no se dice, no existe, esa era la máxima de su madre. Matías volvió al redil en menos de cuatro meses y la vida continuó para los dos. Llega un momento en la vida de un matrimonio en que lo importante son los hijos, la casa, el proyecto de vida. Lo demás...es preferible cerrar los ojos. Además, en el caso de su hermana, ella había sido la infiel, por lo que sabía. Decidió que, ya que habían llegado a tal punto de confidencias, no pasaba nada por preguntar.
Mientras esperaba a que subiese el café y Elena cargaba el lavavajillas y disponía las tazas y el azucarero para llevarlos a la mesa del jardín la detuvo poniendo una mano en su antebrazo.
—¿Enrique te engañó?
Ella se paró un momento, apoyando la bandeja en la mesa de la cocina. Se tocó la nuca, ahora libre y desnuda, lo cual le producía un asomo de sensualidad que la asustaba un poco y que no era capaz de explicar del todo.
—En muchas cosas me engañó desde el primer día que nos conocimos. Si hubiese sabido de verdad quien era nunca me hubiese casado con él. Pero me imagino que tú quieres saber si me puso los cuernos.
Como Amelia no le contestó nada, ella siguió hablando de camino al jardín. Su hermana la seguía en una extraña procesión; la una con una bandeja y la otra con la cafetera y la jarrita de leche. Parecían unas doncellas oferentes, parte de un cuadro extraño.
—Sí, me puso los cuernos más veces de las que puedo recordar, y casi desde siempre. Podría justificar con su actitud mi engaño con Andrés. Pero no lo haré, porque fueron cosas muy distintas. Yo actué por amor, solo por amor. No pude evitar enamorarme de Andrés, igual que no puedo evitar tener los ojos grises; mientras que lo de Enrique era tan sólo avidez, deseos de algo nuevo. Es como comparar al que come por necesidad o el que lo hace por gula. Tuvo más amantes de las que pueda recordar. Ninguna le duraba más de tres o cuatro meses.
—¿Y a ti te importaba?
Elena sirvió café para ambas.
—Las primeras veces sí, no te voy a mentir. Pero llegó un momento en que ya dejó de tener importancia, más bien lo agradecía. Así me dejaba a mi tranquila. A muchos niveles-aclaró, innecesariamente.