15 de julio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 42


Y tuvo la suerte además de que le llamaron por teléfono. Parece ser que su hermana necesitaba que nos quedásemos con su hijo aquella noche; les había surgido una cena de trabajo inesperada. Lucas salió a buscarle y yo me quedé preparando la cena. ¿Qué le gustaría a un niño de cuatro años? Probablemente la ensalada no, pero si la pizza. Así que me puse manos a la obra; hice la masa y preparé una pizza margarita grande, para los tres. Cuando estaba acabando oí la puerta de la calle. Pronto estaban los dos en la cocina; y creo que no estaba preparada para ver ante mí a un niño que era la viva imagen de su tío. Se me agolparon tantos sentimientos encontrados, tantas emociones reprimidas que apenas posé mis ojos en él tuve que salir corriendo antes de echarme a llorar allí mismo. Esa era posiblemente la apariencia que hubiese tenido a mi hijo con cuatro años; pero nunca lo sabría. Me saltaba el corazón en el pecho y me encerré en el baño para refrescarme la cara y tratar de recuperar la normalidad. Me estaba secando cuando tocaron a la puerta. Lucas estaba enfadado, y no me extraña, probablemente el pobre niño se habría asustado.
—¿Se puede saber qué mosca te ha picado? Martín está asustado. ¿Es que también vas a hacer que el pobre niño pague por el pecado de ser mi sobrino?
—Lucas, apártate, haz el favor. No sé si es que eres totalmente insensible o idiota de nacimiento. Quiero pensar que lo último.
Si él no entendía mi reacción no sería yo quien se la explicase. Fui hasta la sala, donde el niño estaba viendo una película de dibujos animados. Me senté en el sofá, a su lado, y él me miró de reojo; pero no dijo nada.
—Hola, Martín. Me ha dicho tu tío que esta noche te vas a quedar aquí.
Asintió con la cabeza, pero siguió sin decir nada, mirando la pantalla fijamente. —He preparado una pizza. ¿Te gusta?
—Sí, pero mamá sólo me deja comerla a veces.
—Bueno, yo creo que esta es una ocasión especial, ¿no?
Se encogió de hombros; y me miró, pero esta vez de frente. Arrugó la frente en un gesto de concentración, y volvió a mirarme de nuevo.
—¿Cómo te llamas? -me preguntó.
—Me llamo Marta. Y soy amiga de tu mamá, la conocí cuando era muy jovencita, antes de que tú nacieses.
—Yo te he visto antes-me confesó, en voz baja, acercando su cabeza a mi oreja y haciendo pantalla con la mano.
—¿Ah, sí? Pues yo nunca te había visto; si no me hubiese acordado de un niño tan guapo como tú. ¿Dónde me has visto tú a mí?
—El Tito Lucas tiene tu foto en su cuarto. Y a veces cuando tengo pesadillas me deja que duerma con él. ¿Eres su novia?
Me quedé tan sorprendida por lo que el niño había dicho que no contesté. ¿Estaría inventándose lo de la foto? Pero no, era demasiado pequeño e inocente para mentir y además no tenía motivos para hacerlo. A esta edad los niños contaban lo que veían. ¿Qué hacía mi foto en la habitación de Lucas? Me inclinaba más por pensar que me estuviese haciendo vudú que antes de creer que desease ver mi rostro cada mañana al despertar. Volví a la realidad cuando Martín me tiró del jersey para que le contestase.
—Perdona, cariño, estaba distraída. No, no soy la novia de tu tío, solo una amiga, como de tu mamá. Oye, ¿has visto a mi gato? -le pregunté, para llamar su atención sobre algo distinto-. Se llama Sergei y creo que está deseando conocerte.

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