12 de julio de 2017

REFUGIO



A veces me duele vivir,
porque eso es lo que duele,
y el morir casi siempre
es gratuito y
necesario, como la
lluvia en abril
o que en la vejez se
vuelvan grises
las pieles, igual
que es buena
el agua de mayo.

Y entonces, cuando
todo se vuelve oscuro,
mi mirada se gira al
pasado de luz, y mi
isla resurge y se cuela
en mis venas, como lo
hace el alcohol
que respira a través
de una botella.

Las montañas azules,
los amaneceres de luz,
las palmeras que gimen
al viento, el horizonte
que viene a morir
en un mar al trasluz.

La arena que me
acaricia la piel,
la casita blanca
que me llama en silencio
y que me ruega que
nunca olvide
la tierra que me
acogió
sin preguntas, quien
fue mi madre y mi
refugio, a quien
ahora añoro cada día,
a quien suplico que
de nuevo me acoja
y me ilumine
con su luz.

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