3 de octubre de 2017

FUEGO PURIFICADOR 65


Poco podía hacer yo. Después de comer Lucas se dedicó a hacer lo que más le relajaba desde siempre: tallar madera. Lo hacía desde que le conocí. Se fue a la parte trasera de la casa, a un pequeño cobertizo que había construido en el jardín. Siempre me llamaba la atención su trabajo, porque de un trozo de madera informe empezaba a sacar lascas y poco a poco iba surgiendo una figura: un barco, un rostro, una bailarina…Ahora estaba trabajando en la figura de un gato, no sé si sería Sergei. De momento no conseguí encontrar gran parecido entre ambos el único día que me dejó ver lo que estaba haciendo. Le gustaba trabajar en soledad, y por eso yo le dejé ir, y a mi vez, me puse delante del ordenador intentando sacar adelante al menos un par de páginas de mi nueva novela. Estaba muy atrasada, y de la editorial me estaban empujando para que les entregase algo.
Pero era inútil. El trabajo de escribir es creativo y no se puede hacer a golpe de silbato o de sirena. Puede que a las cinco de la mañana uno no pueda dormir y necesite sacar sus ideas al papel y en cambio a las cuatro de la tarde, ahora mismo, no se me ocurrían más que cosas sin sentido. Después de borrar un par de páginas desistí de hacer nada de provecho en aquella tarde. Había algo que me estaba atormentando desde ayer y tenía mucho que ver con lo que recogimos en el desván de mi casa. El retrato de mi antepasado, Rodrigo Durán, me miraba desde la esquina donde Lucas lo había dejado, descuidadamente. Aquellos ojos verdes, tan claros y penetrantes, me recordaban a los de alguien, pero no sabría decir quién. Sin embargo, el cuadro me atraía como un imán, parecía querer decirme algo. Me preparé un té y mientras oía el silbato de la tetera, que se asemejaba a un renqueante tren de mercancías, me vinieron a la memoria las charlas de mi abuela sobre la historia lejana de mi familia. De Alvar nunca se habló, supongo porque la gente tiende a esconder las cosas desagradables. Pero Rodrigo era un tema de conversación recurrente. Me parecía recordar que se había hecho religioso ya a cierta edad y había profesado en el convento que se asentaba en las afueras del pueblo. De repente me entró un enorme desasosiego; algo me decía que saber más de aquel hombre nos ayudaría en nuestra investigación.
Cuando tomo una decisión no suelo detenerme a pensar si es la correcta, y por eso, sin pensarlo por segunda vez, llamé al padre Avelino. Me contestó al teléfono al primer toque; señal de que estaba en su despacho. Después de las frases de cortesía preguntando por su salud y por la parroquia le pedí si podía interceder para que me recibiese el prior del convento de San Francisco. Sabía que ambos mantenían una relación de amistad. No me hizo más preguntas, simplemente me dijo que lo intentaría. Fui incapaz de mantener la calma y para mantener mis nervios a raya, mientras esperaba la llamada del padre Avelino, empecé a preparar una tarta. Siempre me calma hacer algo en la cocina cuando estoy nerviosa. Trabajar con cosas tan cotidianas como azúcar, harina, huevos, levadura y gajos de manzana me daba una serenidad que en aquel momento necesitaba profundamente. Apenas había metido la tarta en el horno cuando sonó mi móvil. El padre Avelino me dijo que el prior me recibiría aquella misma tarde, a las ocho. Cenaban temprano en el convento, y el prior me invitaba a que tomase con él un café.

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