16 de octubre de 2017

FUEGO PURIFICADOR 67


—Nadie me ha dicho nada. Iré a preguntar. Esperen aquí-nos ordenó volviendo a cerrar la puerta.
Volvimos a oírle como arrastraba los pies. Suspiré con resignación. No nos quedaba más remedio que esperar fuera a merced del viento cortante que me arrancaba lágrimas y me congelaba la nariz. Lucas abrió su amplio abrigo y me acogió en sus brazos. Cuando el portero volvió nos encontró abrazados, besándonos, y rezongó algo por lo bajo, mirándonos de reojo con evidente desaprobación. Pese a todo nos ordenó con su voz cascada que le siguiésemos por aquellos pasillos estrechos, con sus altos muros de piedra que hacían que nuestras pisadas resonasen de un modo fantasmal. Apenas hacía algo más de calor que en el exterior. No me extrañaba que los huesos del pobre anciano pareciesen crujir con cada paso que daba; ese lugar me parecía el ideal para ganarse una buena artrosis. Sin decir nada abrió la puerta de un despacho y se hizo a un lado para que entrásemos.
Detrás de una enorme mesa de madera se sentaba un anciano fraile, cuyas amplias vestiduras oscuras no ocultaban su descarnada delgadez. Pero sin embargo su cara estaba extrañamente desprovista de arrugas y sus mansos ojos marrones eran dulces como los de un niño. Nos acogió con una sonrisa y después de las presentaciones y de estrechar nuestra mano nos invitó a que nos sentásemos. Antes de que pudiésemos empezar a hablar un fraile más joven entró con una bandeja y la dejó, en completo silencio, encima de la mesa. El prior le dio las gracias y cuando la puerta volvió a cerrarse sirvió café para los tres. Fue entonces cuando le entregué la tarta y la acogió con mucho agradecimiento, diciendo que pocas veces tenía ocasión de probar alimentos dulces.
—Sólo me permito este lujo cuando tengo alguna visita. Y por desgracia cada vez viene menos gente a verme. El padre Avelino me dijo que usted deseaba hacer algunas preguntas sobre quien fue nuestro prior hace muchos años, el padre Rodrigo.
—Así es, padre-le contesté-. En realidad, era antepasado mío.
—Así lo supuse, por su apellido. ¿Qué quieren saber?
Extendí las manos en un gesto de impotencia.
—Todo. Es decir, todo lo que usted nos pueda decir. Verá, quiero escribir la historia de mi familia-mentí, no sin cierto remordimiento por contarle una historia inventada a este anciano tan amable-y no me queda mucha gente a quien recurrir en cuanto a la figura de Rodrigo. Quien más sabía de él era mi abuela y por desgracia hace ya bastantes años que ha muerto.
El padre Anselmo, así nos dijo que podíamos llamarle, dio un sorbo a su café y echó la cabeza hacia atrás, como paladeando la infusión, disfrutándola.
—Todos los frailes de este convento conocemos su historia y le veneramos casi como a un santo. Trataré de hacer un resumen, aunque en realidad no es que haya mucho que decir. Por lo que sabemos profesó cuando ya tenía una cierta edad, quizá treinta y cinco años, o más.
—¿Se sabe por qué? -le interrumpí.
—Parece ser que provenía de una de las familias más adineradas del lugar y era el hijo mayor, con lo cual heredaría la mayor parte de la fortuna de su padre. Pero se hablaba de una historia de amor que acabó mal. No puedo decir que sea verdad, pero la versión que aquí todos conocemos es que se enamoró de la mujer de uno de sus hermanos, que se había marchado a América. Y los amores tuvieron consecuencias.
—Quiere decir-aventuró Lucas-que su cuñada se quedó embarazada o algo así. Asintió en silencio. Me imagino que ese pecado de dejar en estado a la mujer de su hermano era demasiado para el padre Anselmo. Pero le juzgué mal, porque continuó hablando.
—Eso, de por sí, sería ya bastante dramático, pero es que además el hermano volvió antes de lo previsto y mató a su mujer. Creo que le apresaron cuando intentaba dar muerte también a Rodrigo. Al hermano le condenaron a muerte y Rodrigo no pudo vivir con los remordimientos del pecado que había cometido, pero sobre todo por la pena que le causaba la muerte de su amante y de su hijo todavía no nacido. Se refugió en este convento, al principio sólo para curarse de sus quebrantos; pero acabó profesando y llegó a ser prior. Y fue uno de los mejores-concluyó.
Después de agradecer al padre Anselmo sus explicaciones nos despedimos y entramos de nuevo en el coche, rumbo a la calidez de la casa de Lucas, a nuestra casa.
—Por lo menos ya sabemos quién era el padre del bebé-le dije a Lucas, cuando enfilaba la salida hacia la carretera general, desde la desviación que llevaba hasta el convento.
Él se encogió de hombros, escéptico como siempre.
—Puede. Pero ¿eso de qué nos vale? Sigo pensando que la historia de Alvar no nos ayudará a detener a Jaime.
Chasqué la lengua, aburrida de que siempre se mostrara tan derrotista en ese aspecto. Yo estaba convencida de que si nos ayudaría, pero no quise llevarle la contraria, porque uno de sus defectos era que se consideraba poco menos que infalible respecto a su trabajo. Fue entonces cuando me preguntó por qué había sospechado de Rodrigo, y tuve que contarle que en el librito de poemas de Adelina se hacía referencia, en repetidas ocasiones, a un hombre de ojos verdes y luminosos. Los de Alvar eran oscuros, pero además Adelina adornada a su amado de una bondad de la que su marido, desde luego, carecía.
—¿Quieres que cenemos en algún sitio? -me propuso, quizá para hacerse perdonar.
Denegué con la cabeza. Estaba cansada; y además sospechaba que el tiempo empeoraría, y no quería volver a casa de madrugada con una carretera en malas condiciones.
—Cocinaremos algo rápido y nos iremos temprano a la cama.
Y eso fue exactamente lo que hicimos. Pero no pensé que también tuviese que despertarme tan temprano al día siguiente. Lucas, con el abrigo puesto por encima del pijama y con gorro y bufanda me zarandeó para que despertase.
—Ha nevado. Ven, vamos a ver la nieve.
—Lucas-protesté, enfurruñada.
Pero sin hacer caso de mis protestas me envolvió en una de las mantas de la cama y me llevó en brazos hasta el porche. Allí se sentó en una de las mecedoras, manteniéndome en su regazo. Me acurruqué contra su pecho en busca de calor.
—¿Qué te dije? -me preguntó, señalando hacia los campos vecinos, el bosque y la orilla del río-. Fíjate, parece una postal navideña.
Tenía razón. Todo estaba completamente blanco; casi dolían los ojos de mirar. Olía a invierno, a humo de las chimeneas; olía a Navidad, a pesar de que faltaban todavía un par de días.






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