31 de octubre de 2017

FUEGO PURIFICADOR 69


Pero lo que me había dicho me dejó preocupada, porque, aunque no había pensado en ello desde nuestra última conversación, lo cierto es que yo era muy puntual y este mes me estaba retrasando. Pero no, no debía preocuparme. Era por las tensiones del momento, por los nervios y todos los cambios en mi vida. Me pasaba mucho en época de exámenes. Juraría que Lucas se dio cuenta de mi desasosiego, pero tuvo el buen sentido de quedarse callado. Pero quien ahora estaba intranquila era yo. Cuando volvíamos de comprar lo necesario para la cena de Nochebuena, aunque me encontraba agotada de recorrer los enormes pasillos del supermercado, de lidiar en la pescadería y la carnicería con las avispadas amas de casa que quería colarse en la fila para llevar la mejor pieza, le pedí a Lucas que pasásemos por la farmacia del pueblo. —¿Te encuentras mal?
—Claro que no. Estoy perfectamente.
—¿Entonces? -quiso saber, enfilando, sin embargo, hacia la calle principal, donde estaba la farmacia.
—Necesito algunas cosas.
No contestó, pero cuando aparcamos quiso bajar conmigo y cómo me negué, me retuvo antes de que bajase del coche.
—Me vas a decir qué pasa.
Me quedé callada, mirando al frente, a la calle atestada de gente que había dejado, como nosotros, las compras para última hora.
—Marta-insistió-. ¿Qué es lo que ocurre?
Resoplé, indignada. Siempre tenía que estar controlándolo todo.
—Nada de secretos. Fue lo que nos prometimos apenas hace unos días. ¿Lo recuerdas? -me preguntó con una inusitada dulzura, tomándome por la barbilla para que le mirase-. Apostaría mi cabeza a que te has quedado preocupada y quieres comprar un test de embarazo.
No hizo falta que le contestase nada; mi mirada fue suficiente. Me dijo que me quedase en el coche, que él lo traería. E insistió en ir directamente a casa para saberlo.
—Ojalá sea una falsa alarma-rogué en voz baja, aunque lo suficientemente alta para que me oyese.
Pareció profundamente dolido por mis palabras.
—Pensé que me amabas como yo a ti. ¿No quieres tener un hijo mío?
—Claro que sí, Lucas, esa no es la cuestión.
—¿Entonces?
—Ahora no es el momento. Mi vida está amenazada. Si Jaime se enterase de que espero un hijo tuyo sería un aliciente más para matarme y para acabar luego contigo. Recuerda que nuestro primer hijo no llegó a nacer por su culpa.
Sus manos se tensaron sobre el volante y adelantó la mandíbula en un gesto salvaje.
—No necesito que me lo recuerdes. Pero entonces yo no sabía nada. Ahora estaré al acecho y sólo se acercará a ti por encima de mi cadáver.
Aparcó delante de casa y no me dejó que le ayudase a descargar el coche. Me rogó que entrase en el baño para acabar con nuestras dudas. Yo también estaba deseando saber.
Diez minutos más tarde, delante de una taza de té, le di la noticia a Lucas. Estaba embarazada. Nuestros descuidados encuentros amorosos habían dado su fruto, bien a mi pesar. No porque no quisiera a este niño sino porque le quería demasiado y no estaba segura de poder protegerle. Lucas me dijo que no fuese aguafiestas y que disfrutase de la noticia. Él estaba exultante, nunca le había visto así. Me dejó claro que de ahora en adelante me estaba totalmente prohibido conducir y no sé cuántas cosas más.
—Mañana le daremos la noticia a Esther, durante la cena.
Me sentí incómoda.
—¿No quieres que lo sepa? Al fin y al cabo, será su única tía.
Abracé el cojín del sofá sobre mi vientre, como protegiendo a esa pequeña vida que apenas empezaba a crecer dentro de mí.
—No es eso, Lucas. Esther sabe que todavía estoy casada. No sé qué pensará de mí.
—No pensará nada. Que te quiero, que me quieres, y se alegrará por los dos. Además, seguirás casada por poco tiempo. Si no fuese porque no es conveniente llamar la atención de Jaime la demanda de divorcio ya estaría presentada. Pero hay que tener paciencia. Presiento que el final se acerca.



2 comentarios:

  1. :o ¡¡Mucha suerte a estos chicos y todos pendientes por si se acerca Jaime para avisarles!!

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