2 de noviembre de 2017

FUEGO PURIFICADOR 70


Sí, yo también lo presentía. Y hasta Sergei parecía estar más nervioso que de costumbre. Cada vez que llegábamos a casa se ponía a maullar y no se calmaba hasta que le cogía en brazos.
Desde que había visto el retrato de Rodrigo en el desván de mi casa una extraña y alocada idea había ido tomando forma en mi cabeza. Aquellos ojos verdes y profundos que me miraban desde el retrato se parecían mucho a otros ojos verdes que ahora mismo me miraban también, desde mi regazo. Pero, intentando mantener la cordura, deseché esa loca idea mientras acariciaba el lomo del gato y él se hacía un ovillo, ronroneando.
—Entiendo que antes le dieses al gato todo tu cariño, pero ahora estoy yo-se quejó Lucas, echando a Sergei y acurrucándose a mi lado.
El gato le miró con rencor, pero le cedió el sitio y fue a echarse encima de su almohadón al lado del fuego, donde se dedicó a lavarse la cara y a mirarnos de vez en cuando, con cierta inquina.
—No seas infantil-le reñí, acariciando su pelo-. Sergei también necesita cariño. —Y yo más-me rebatió-. He estado solo demasiado tiempo. Ahora tienes que resarcirme.
—Ah, ¿y yo no he estado sola?
—Pero es que yo no te raciono mis caricias y tú me dejas de lado por un gato. No creo que haya nadie más despreciado que yo, al que un simple gato puede quitar su puesto.
—Vaya, pues sí que estás tú listo para ser padre. ¿También tendrás celos del bebé?
—Claro que no. ¿Por quién me tomas? Pienso ser el mejor padre del mundo. Ya has visto, por Martín, que los niños se me dan muy bien.
Era cierto. Nunca había pensado que Lucas tuviese tanta paciencia con un niño pequeño y confieso que me enterneció verle con su sobrino. Y tampoco tenía dudas de que sería un padre estupendo; pero me divertía sacarle un poco de quicio y servía también para que mi cabeza dejase de darle vueltas siempre al mismo problema.
—Marta-me llamó, haciéndome volver al presente-. Quédate tranquila y déjalo todo en mis manos. No tienes por qué preocuparte de nada. Ahora yo estoy aquí y no permitiré que os haga daño a ninguno de los dos.
No le contesté. Confiaba ciegamente en Lucas y la prueba es que a él recurrí cuando me supe en peligro, pero la situación me preocupaba mucho porque ahora había otro inocente afectado. Y no podría resistir de nuevo perder a este hijo, era demasiado importante para mí.
—Estos días-siguió hablando Lucas-la casa está vigilada permanentemente. Si se refugia en ella lo sabremos y con la orden del juez portugués podremos detenerle. No te hará daño, créeme.
—Es que tengo una sensación muy extraña. Algo que no puedo explicar, pero que intranquiliza.
—Pues no tienes por qué preocuparte. Vamos a disfrutar de la Navidad y de estar juntos. Esther, Ricardo y Martín llegarán mañana a primera hora de la tarde, y por primera vez cenaremos como una familia al completo, incluso con regalo añadido-dijo, acariciándome la tripa, todavía lisa.
Tenía todos los motivos para estar contenta, por primera vez en muchos años. Entonces, ¿por qué esta desazón que me reconcomía por dentro? ¿Era por lo último que había leído en el diario de Jaime? Estaba convencida de que Jaime y Alvar habían entrado en contacto, de alguna extraña manera que, desde luego, era totalmente incapaz de explicar. Y también estaba segura de que el espíritu benéfico de Rodrigo Durán estaba presente junto a mí. Nunca se lo diría a Lucas porque él no lo entendería y se burlaría de mí; pero lo sentía completamente cierto en lo más hondo de mi ser. Antes de acostarnos Lucas llamó a sus compañeros para saber si había habido alguna novedad en la casa o sus alrededores, pero le dijeron que no había nada preocupante. Pese a todo yo seguía inquieta. Algo me decía que Jaime estaba cerca; pero me cuidé mucho de manifestarle a Lucas mis temores. Pero dormí bastante bien, quizá porque los ojos de Sergei, deslumbrantes en la oscuridad, eran un faro que me iluminaba en cada momento en que me desperté durante la noche y unido a los brazos de Lucas en torno a mi cuerpo, me daban seguridad. Por eso a la mañana siguiente me levanté plena de energía y decidí que sería una buena idea montar un árbol de Navidad. Sobre todo, a Martín le haría mucha ilusión.
—¿No recuerdas lo que significaba cuando éramos pequeños? -animé a Lucas. —Pues tendremos que comprarlo todo; nunca he montado un árbol aquí.
—No hace falta. En mi casa tengo todos los adornos. Sólo necesitamos coger el árbol en el vivero que hay cerca del río.
Pero Lucas seguía dudando. Movió la cabeza; pensativo.
—No me parece buena idea volver ahora a tu casa, aunque sea sólo un momento.
Pero tanto le insistí y le supliqué, que acabó cediendo aunque me puso como condición que sería después de comer, cuando terminase el primer turno de guardia y sus compañeros le confirmasen que seguía sin haber novedades.




1 comentario:

  1. ¡¡Con los adornos tan monos que hay en las tiendas y así estrenas!!¡¡Que nervios!!

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