2 de noviembre de 2017

HUESOS EN ÁMBAR




Isabel Castro de Quiroga trabajaba seis días a la semana; primavera, verano, otoño e invierno. Su vida era el trabajo, y los domingos se limitaba a pasear a su perro y poner la casa en orden. No había más.
Por eso aquella tarde, cuando todo el mundo salió a celebrar la noche de Halloween ella se quedó en el laboratorio, despotricando contra las costumbres llegadas de fuera. Ni Halloween ni Samaín n tonterías. Cuando ella era pequeña lo único que se hacía era llevar flores a los Difuntos, como toda la vida de Dios; y ya en el colmo del refinamiento, escuchar el Tenorio en la radio. ¿Qué era ese despropósito de calabazas rellenas de velas, imbéciles disfrazados y niños pidiendo caramelos por las casas? ¿Es que no tenían padres que les mantuviesen entretenidos y en sus cuartos?
Resopló, enfadada con el mundo en general, y se dirigió a su mesa de trabajo, en donde estaba estudiando los huesos encontrados hacía dos días en la ladera del monte. Tenía prisa por terminar el informe y entregarlo. La labor de identificación dependería en gran parte de lo que ella pudiese avanzar. Los huesos le hablaban; le decían muchas cosas acerca de la persona a quien habían pertenecido, en vida.
Tomó en sus manos enguantadas el cráneo y lo palpó, cerrando los ojos. A veces le resultaba más fácil trabajar de esa manera. Palpaba como una ciega y no permitía que la vista interfiriese en la primera impresión que le producían las sensibles yemas de sus dedos. Tocó la frente, recta y elegante; el pronunciado arco cigomático y el superciliar. Sintió el malar bajo su mano continuó hasta llegar a la maxila y la mandíbula, de líneas suaves y graciosas. Siguió tocando la parte trasera del cráneo, llegando hasta el occipital. Todas las líneas eran suaves y bien definidas; el cráneo entero derivaba en una sensación de ligereza.
Anotó en la ficha que se trataba de una mujer. No podía ser de otra manera. Examinó la dentadura con cuidado y atención. Hizo una nueva anotación. Carecía todavía del tercer molar, con lo cual le calculaba entre dieciséis o dieciocho años. Se estremeció, sin poder evitarlo. Una adolescente que apenas había empezado a vivir, que estaría luchando con su madre por el largo de la falda o las horas de llegada a casa. Eso debiera estar haciendo, y no en trozos sobre su mesa de trabajo, un lugar siniestro y macabro, para muertos. La gente tan joven no debería morir.
Aunque ya tenía claro que era una mujer y su edad, examinó la pelvis. Los coxales se abrían con la suficiente amplitud para albergar la vida, aunque ya nunca lo harían. Y no lo habían hecho tampoco; la muchacha no había dado a luz. La sínfisis púbica era todavía ondulada y con crestas suaves, lo cual venía a corroborar su edad.
Midió cuidadosamente el húmero y fémur y lo cotejó con la lista comparativa. Anotó en la ficha que en vida habría medido más o menos 1,70. Y observando el tamaño de esos dos mismos huesos podía pensarse que no había tenido una complexión extremadamente fuerte. Observó una fractura en el fémur derecho; perfectamente consolidada ya, lo cual quería decir que había ocurrido al menos dos años antes de su muerte. Quizá se hubiese caído de una bicicleta en alguna excursión con los amigos, barruntaba Isabel mientras seguía trabajando. Dejó a un lado el bolígrafo con el que iba haciendo las anotaciones y se quitó los guantes, cansada. Eran casi las nueve de la noche y llevaba levantada y sin detenerse a descansar desde las ocho de la mañana. Se acercó al vestíbulo, donde estaba la máquina del café, y sacó una infusión de menta. Pronto se iría a casa; pero antes quería dejar las notas en el ordenador para que el archivo pudiese incorporarse a la ficha definitiva. Habría terminado entonces su parte. Sucumbió a la tentación de sentarse cinco minutos en el sillón de la entrada, que solía reservarse a los pocos visitantes que por allí pasaban; para que esperasen en una zona lo más cómoda posible.
Cerró los ojos y reclinó la cabeza en el respaldo. Sentía el cuello y los hombros tensos, como si fuesen de cemento, y necesitaba un poco de calma a tanta presión. No llegó a dormirse, pero en ese extraño estado de trance que antecede al sueño pudo ver claramente ante sus ojos a una joven de larga melena castaña, ojos grises y cara grácil y un tanto aniñada. Llevaba vaqueros y una camiseta azul con la leyenda “It´s your attitude”. Caminaba a buen paso por un sendero arbolado que conducía a una casa pequeña, de piedra, con cuatro ventanas, dos al frente y otra a cada lado, medio escondida entre árboles y maleza. En otro tiempo habría tenido un jardín delantero, pero ahora mismo estaba poblado de zarzas y abandono. La chica caminaba cada vez con más dificultad, a medida que las hierbas se hacían más altas. Antes de que pudiese empujar la puerta de la casa ésta se abrió y dejó ver a un hombre de unos treinta o treinta y cinco años. Era alto y fuerte, con barba de varios días y aspecto descuidado. La chica le miró, con una expresión que rayaba entre el amor y el miedo, y antes de entrar se tocó ligeramente una cadena de plata que llevaba al cuello, de que la pendía un corazón de ámbar.
Isabel siguió siendo testigo muda de la discusión que a gritos mantenían dentro de la casa. A sus oídos llegaban las palabras iracundas del hombre y las súplicas, entre sollozos, de la chica. La primera bofetada pareció volverle también a ella la cabeza del revés, y sintió que algo estallaba dentro de su oído izquierdo. El dolor hizo que su cuerpo se convulsionase en el sillón, pero pronto lo olvidó porque tenía algo más importante por lo que pelear. Sentía en su propia garganta la presión que las manos del hombre ejercían sobre la tráquea de la chica. Boqueó en busca de aire, pataleó y trató de zafarse a empujones del monstruo que le impedía respirar. Pero el aire no llegaba a sus pulmones y aunque trataba de seguir moviéndose, el peso del hombre la aplastaba y pronto la muchacha se quedó desmadejada como una muñeca rota.
Isabel Castro de Quiroga despertó cuando alguien la llamó varias veces por su nombre, al tiempo que le sacudía los hombros.
—¡Vamos, despierta! No me digas que has pasado la noche aquí. ¿Qué nos queda por hacer contigo? Eres un caso perdido.
Trató de enfocar la mirada y vio a Maite, su compañera en el laboratorio, que llegaba vestida de calle, lo cual quería decir, sin lugar a dudas, que ya era por la mañana y que se había quedado allí dormida. Se levantó torpemente y fue al baño, donde se lavó la cara con agua fría, en un intento por espabilarse. Cuando se estaba pasando los dedos por el pelo para tratar de domeñar un poco sus rizos, se fijó en que tenía unos feos moretones a ambos lados de la garganta. No tenía ni la más ligera idea de cómo se los había hecho. Solo sabía que necesitaba un café para volver a ser una persona razonablemente normal, y sobre todo para olvidar el horrible sueño de la noche anterior.
Volvió al vestíbulo, a la máquina de café y refrescos, y cuando echó mano al bolsillo de su bata, donde siempre solía llevar unas monedas, algo se quedó prendido entre sus dedos. Se quedó mirando fijamente la fina cadena plateada de que colgaba, solitario y triste, un corazón de ámbar. Lo apretó en la palma de su mano, sin saber muy bien qué hacer ni qué pensar. Nunca había tenido dudas de que los huesos hablasen, a ella le decían muchas cosas cada día. Quizá ahora también tendría que replantearse el hecho de que también los muertos tenían su mensaje, sobre todo cuando se les sabía escuchar. Había visto la cara el asesino. Esperaba ser capaz de hablar con la suficiente lucidez ante la policía, y sobre todo, que la creyesen.

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