4 de enero de 2018

LOS LUNES




Desde hacía dos años se encontraban en aquella terraza, al final de una calle estrecha con edificios antiguos a ambos lados, cada lunes a las nueve de la noche, fuese invierno o verano. No habían faltado ni un solo día.
Ella siempre llegaba vestida de oscuro; bien como una monja, con faldas largas y camisas holgadas, o como un soldado; con pantalones militares y un chaquetón oscuro si era invierno. Ni siquiera esos ropajes o su pelo cortado casi al cero le restaban un ápice de femineidad, más bien al contrario. Se desprendía de ella una sensualidad tan intrínsecamente unida a su piel y a sus miembros delgados y elegantes, que era imposible esconderla, aunque era evidente que así lo pretendía.
Él se sentaba poniendo cuidado en colocar la muleta en un lugar en donde no estorbase a nadie. Conservaba su anquilosada pierna izquierda, aunque no le sirviese de mucho. Era alto y desmadejado; y su único ojo, de un color azul tan oscuro que a veces, a la luz de las farolas de la calle parecía negro. La otra cuenca vacía iba siempre tapada; aunque variaba el color del parche; pudiendo ser negro, azul aciano o gris.
Nunca se habían preguntado mucho más allá de sus nombres: Marcel, Milena. Ella sospechaba que él pintaba. A menudo había visto sus largos dedos manchados, además de nicotina, de pintura. Y olía levemente a disolvente y a productos químicos. Hasta en el pelo, de un color tan rojo que parecía iluminar, como un faro, la noche, llevaba a veces pintura. También en la barba.
Tomaban siempre lo mismo, vodka con tónica. Y se intercambiaban un poema, sin leerlo antes. Ella lo dejaba caer con cuidado al fondo de su bolso, negro y desflecado; y él lo guardaba en el bolsillo de su chaquetón de marino.
Ella nunca le había contado que el lunes era el único día que no trabajaba como bailarina de streptease en un club de carretera. Y él tampoco le había dicho que, aún a pesar de que le atraía como si su piel estuviese imantada, nunca le pediría tener mayor intimidad porque, desde el atentado, temía mostrar a las mujeres su cuerpo lleno de cicatrices. Solo daba salida a sus necesidades con la visita ocasional a algún club de alterne. Sí pagaba no tenía por qué explicar.
No podían adivinar que podía ser que se encontrasen otro día, que no fuese lunes, y en otras circunstancias, alejados de aquella terraza que durante breves momentos, ante una copa y un poema, era su hogar.

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