27 de marzo de 2018

UNA CÁRCEL SIN BARROTES 11


DOS HERMANAS DESAYUNAN

Amelia no hizo comentario alguno a lo que su hermana le había contado. Para ella tenía una explicación más que lógica. Pensaba tanto en Andrés que al quedarse dormida soñó con él, y el sueño llegó a ser tan real que le había parecido que le habló y que le tuvo al lado. De todos modos, si gracias a eso se había espabilado, bendito fuese el sueño. Todos temieron lo peor, que había perdido la razón y que había que internarla de por vida en un centro de salud, o manicomio, como había dicho ella misma. En el fondo era verdad, eran manicomios, por más que ahora se les quisiese dar otro nombre menos ofensivo.
Miró su reloj; ya eran las diez de la mañana y no habían cerrado ojo. Pero había cosas qué hacer y ella no podía estar fuera de su casa más que un par de días. Le había pedido a su suegra que se ocupase de que todo funcionase, pero era una mujer ya muy mayor y no quería abusar.
—Bueno, hay que pensar en levantarse y desayunar. Tenemos un día de trabajo por delante. Habrá que recoger toda la ropa de Enrique y sus cosas, y no quiero que lo hagas tú sola. ¿Has pensado ya lo que harás con todo?
—La ropa la llevaré a la parroquia. Algunos libros irán a la biblioteca de la universidad y otros me los quedaré yo, los que puedan servirme en mis investigaciones. También quiero cambiar los muebles de la casa. Todos, incluso los de la cocina. Sólo si la vacío por completo podré quedarme en ella. Sino tendría que venderla y me da pena. El mercado inmobiliario ha bajado y perdería dinero.
Amelia se asombró de que su hermana lo tuviese todo tan bien planeado. Era como si, de alguna manera, supiese que su marido se iba a morir, o lo estuviese esperando. Desechó esas horribles ideas de la cabeza y se ofreció a preparar el desayuno mientras Elena se bañaba y ponía la habitación en orden.

Desayunaron en la mesita del jardín. Ya había una temperatura agradable y era una pena desperdiciarla. En el norte los buenos días son tan escasos como el agua en el desierto.
—Creo que lo de la ropa nos ocupará un par de horas-calculó Amelia untando su tostada con una capa de mantequilla muy ligera. Siempre contaba las calorías; una no puede tener un cuerpo como el suyo a los cuarenta y cinco años y dos embarazos si deja suelto al zampabollos que todos llevamos dentro.
—Podemos dividir las tareas para terminar antes. Es que yo esta tarde quiero hablar con Medina, el de la editorial-se justificó. Tú metes toda la ropa en bolsas y cajas, que luego vienen de la parroquia a recogerla con un furgón, y yo me ocupo de libros y papeles.
—¿De la parroquia? ¿Es que les has avisado?
—Ayer, nada más llegar a casa. No me gusta perder el tiempo.
Amelia estaba apabullada. Jamás habría esperado de su hermana semejante frialdad y sentido de la organización. Se sintió en el deber moral de preguntarle si no quería quedarse con alguna ropa, como recuerdo.
—Nada. Si por mi fuese, le prendería fuego a la casa y a todo lo que él ha tocado. Pero no sería bien visto y, además, no me gusta tirar el dinero.
Terminaron el desayuno en silencio. Mientras Elena se quedaba retirando el servicio de desayuno Amelia se fue al cuarto de Enrique pertrechada con enormes bolsas negras y un par de cajas. Se había enterado la noche anterior de que hacía años que dormían en cuartos separados. Otra novedad más. Entró en el organizado vestidor y empezó a doblar trajes, americanas, pantalones, camisas, jerseys y polos. Todo era de color gris, azul marino o negro. Había un par de trajes beige, de lana fría; seguramente los que usaba en verano. La ropa interior y pijamas, según las órdenes de Elena, las guardó en bolsas para tirar a la basura. Igualmente hizo con todos los productos que encontró en el cuarto de baño y con las toallas que allí había. A ella le parecía un desperdicio tirar las toallas, pero su hermana se había empeñado y ella no era quien para llevarle la contraria. Estaba completamente desconcertada y aunque por una aparte censuraba el comportamiento de Elena, había algo dentro de sí que lo aplaudía. ¡Quién iba a decir que esa mosquita muerta tendría la fuerza necesaria para haber sobrevivido a tanto dolor y a imponerse ahora de una manera tal que nadie lo creería!
Elena estaba en el despacho de Enrique y sin la más mínima duda empezó a meter en cajas la mayor parte de los libros que cubrían las estanterías. A la media hora estaba sudorosa y cansada, pero continuó hasta ver vacíos todos los anaqueles. Luego abrió los cajones y echó la mayor parte de los papeles que allí encontró a la trituradora de documentos. Sólo quedaron indultadas las carpetas que contenían las escrituras de la casa, testamento y las últimas cinco declaraciones de la renta. Todo lo demás sucumbió a la crueldad de la máquina y salió hecho trizas. Eso era lo que restaba de una vida. No tuvo la menor curiosidad por los papeles que tan a la ligera había triturado, porque los conocía todos. En su mayoría eran anotaciones y apuntes para sus clases. También había un par de poemas de juventud; espantosos, por cierto, y unas cuantas cartas a sus amantes. Enrique no era romántico, sino anticuado, y cuando se echaba una amante le exigía que le escribiese al correo ordinario, siempre con el mismo remitente; Eloy Alzúa. Había tenido unas ocho en los últimos años. No era un mal número, teniendo en cuenta el pésimo amante que era. Aunque, bien pensado, igual con ellas se esmeraba un poco más.
El texto de las cartas recibidas tampoco es que fuese digno de guardar. Ninguna de ellas enamoraría a alguien por la poesía que se desprendía de sus líneas. Ni siquiera podían calificarse de cartas eróticas. Lo cierto es que estaban en ese límite difuso rayano en la vulgar pornografía. De cualquier manera, en el momento en que las leyó no le hicieron ni el más mínimo daño. Sintió algo de asco mezclado con pena.








2 comentarios:

  1. Duelo se pasa por alguien que te importa, nada más ¿verdad?.
    Me está encantando, Gracias cielo por tu generosidad.
    Un abrazo fuerte

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  2. Estoy de acuerdo en lo del duelo. Gracias a ti por leer mi querida Inma

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