17 de marzo de 2018

UNA CÁRCEL SIN BARROTES 9


LA CONFESIÓN.


Elena había leído “La letra Escarlata” cuando era una adolescente y se había sentido muy identificada con la pobre protagonista. A ella no la habían marcado de ningún modo; pero en cierta medida su marido y hasta su propia familia, que no sabía nada del tema, la habían ido apartando paulatinamente de todo. Enrique era tan encantador en público que su madre se sintió de inmediato atrapada por él. Le repetía constantemente a su hija que debería besar por donde pisaba su marido.
—Un hombre tan trabajador, tan formal, tan preocupado siempre por ti...nunca escatimes esfuerzos para que se sienta cómodo y hazle la vida agradable. Eres muy dada a estar siempre de mal humor y con caras largas, y eso a los hombres les cansa, hija mía. Aunque estés mal, cuando él llegue a casa haz lo posible por poner buena cara. Y que no te vea nunca en bata y pijama, sabes que lo odia. Si al fin y al cabo tú lo único que tienes que hacer es mantener la casa en orden, cocinarle cosas de su gusto y estar...presentable para él.
Había dudado porque no daba con la palabra exacta. No podía decir hermosa ni siquiera guapa, porque su hija no lo era. Y tampoco es que fuese fea en el sentido estricto de la palabra, porque sus facciones, por separado, eran bonitas. Una naricilla respingona y con pecas, boca carnosa y algo grande, ojos pequeños; pero de un color gris atractivo...Pero en conjunto resultaba anodina; de esos rostros que uno ve y al cabo de dos minutos ni siquiera recuerda porque no hay nada que llame la atención, ni para bien ni para mal.
Quizá su padre fuese el único al que Enrique no terminó nunca de gustar. En una ocasión, cuando hacía poco tiempo que estaban casados, le preguntó si era feliz. Había tal ansiedad en su mirada que Elena no tuvo valor para decirle la verdad y prefirió mentir y contar lo que él, al fin y al cabo, deseaba escuchar. Ya estaba muy enfermo y no quería que se muriese con la pena de saber que su hija pequeña estaba muerta en vida. No le confesó nada acerca de los malos humores de Enrique, que habían empezado ya en el viaje de novios, ni de los reproches continuos ni de las humillaciones infringidas, siempre procurando que no hubiese conocidos delante. Tampoco le dijo nada de la primera bofetada, la más dolorosa, aunque luego vendrían muchas más. No es que hiciese falta un motivo. Podía ser porque la sopa estaba salada, porque él había tenido un mal día en la universidad o porque se había olvidado de comprar su marca preferida de leche. Cualquier pretexto era bueno para humillarla y quebrar su voluntad. Nunca la había molido a golpes ni le había dado palizas monumentales; era mucho más sutil...esa bofetada leve que le dejaba la cara colorada durante un rato y el alma en mil pedazos para siempre; esa era la que dolía y la que no se olvidaba. La había quebrado mil veces como ser humano hasta hacer de ella un ser asustadizo que se sobresaltaba con el timbre de la puerta o cada vez que sonaba el teléfono. Poco a poco la fue apartando de sus amigas de siempre, hasta que la única persona con la que salía de vez en cuando era con su hermana.
Antes de contar su infidelidad le hizo ver todas estas cosas a Amelia, que se quedó sorprendida al saber que Enrique le pegaba. Se fijó solamente en ese detalle, cuando para ella eso era quizá lo que menos importancia tenía. Mucho peor eran las miradas de desprecio las pocas veces que se decidía a hablar en público, o el no presentarla como su mujer ni como nada en las reuniones y cócteles de la universidad. Era doloroso no tener un sitio, un lugar que le perteneciese. ¿Qué era ella? ¿Su esposa, su criada, su recadera, su secretaria, su puta algunas veces cuando no le apetecía buscar sexo fuera? Si de verdad hubiese sido puta no se hubiese sentido tan humillada. Recordaba como un tormento las noches en que escuchaba girar el pomo de la puerta y a oscuras se tendía a su lado y sin tocarla apenas simplemente se colocaba encima de ella y vaciaba en unos minutos su ponzoña, como si fuese un animal venenoso. Luego se quedaba profundamente dormido, ocupando toda la cama y ella corría a bañarse en agua casi hirviendo para intentar lavarse toda la porquería y el veneno que le había dejado dentro. Pero ese veneno nunca se iba del todo.
A la única persona que le contó lo que pasaba fue a su amiga Blanca, que vivía en Barcelona. Se llamaban una vez a la semana y a escondidas de Enrique. Una mañana en que Blanca la llamó, porque sabía que a esa hora estaría sola, apenas pudo entender lo que decía, tanto era lo que lloraba. Fue entonces cuando le pidió que buscase ayuda profesional; que fuese a ver a un psicólogo. Al principio Elena se negó. Tenía la absurda idea de que al psicólogo van los locos, y ella no estaba loca, solo era profundamente desgraciada. Pero luego accedió a ir. Le ayudó en su decisión que fuese amigo de Blanca y que viviese en otra ciudad, a unos cuarenta Kilómetros. Se veían cada miércoles a las tres de la tarde. Los miércoles Enrique estaba fuera todo el día y nunca la llamaba cuando tenía reunión con el claustro de profesores. Las primeras sesiones fueron un verdadero tormento y volvía a casa llorando en el tren. Reconocer ante Andrés del Valle sus incapacidades y miedos era difícil y le removían recuerdos que prefería olvidar. Pero cada tarde salía de allí sintiéndose un poco más fuerte y conociéndose mejor a sí misma.
No sabía en qué momento habían dejado de tener una relación terapeuta-paciente para empezar algo mucho más personal. No había sido en un día ni en un momento determinado. Pero lo cierto es que ninguno de los pudo ni quiso evitarlo. Se dejaron llevar y se convirtieron en amantes. Fue así de simple, o de complicado.





1 comentario:

  1. la vida es así de simple y de complicada ¿verdad? aunque supongo que siempre hay un punto de inflexión, una gota que colma el vaso

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